"La fuerza del silencio" (9)

Nuestra meta es la eternidad. Vivimos en este mundo con los pies en la tierra, pero la cabeza en el Cielo. Ya ahora podemos experimentar la vida eterna en nosotros, mediante la gracia de Cristo, que nos ha conseguido con su muerte y resurrección.


Por eso, es necesario dedicar una reflexión al “silencio de la eternidad”, que deberá ser un importante referente en nuestra peregrinación terrena.

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El silencio en el Cielo

“En el Cielo no existe la palabra. Allá arriba los bienaventurados se comunican sin palabras. Reina un inmenso silencio de contemplación, de comunión y de amor” (FS, p. 107).

“En la patria divina todas las almas están unidas a Dios. Se alimentan de esa visión. Las almas se hallan enteramente poseídas por su amor a Dios en un éxtasis absoluto. Existe un inmenso silencio, porque para estar unidas a Dios las almas no tienen necesidad de palabras. La angustia, las pasiones, los temores, el dolor, las envidias, los odios y las inclinaciones desaparecen. Sólo existe ese encuentro de corazón a corazón con Dios. El Cielo es el corazón de Dios. Y ese corazón siempre será silencio” (FS, pp. 107-108).

“El silencio del Cielo es un silencio de amor, de oración, de ofrenda y adoración” (FS, p. 109).

“Son muchas las reflexiones de los Padres de la Iglesia sobre estos temas. Ellos sabían que el silencio es la suprema libertad” (FS, p. 110).

“El silencio de la eternidad es consecuencia del amor infinito de Dios. En el Cielo estaremos con Jesús, totalmente poseídos por Dios y bajo la influencia del Espíritu Santo. El hombre ya no será capaz de pronunciar una sola palabra. Ni siquiera la oración será posible. Se convertirá en contemplación, en mirada de amor y adoración. El Espíritu Santo abrasará las almas que marchen al Cielo: estarán plenamente entregadas al Espíritu” (FS, p. 112).

“En el Cielo, las almas están unidas a los ángeles y a los santos por medio del Espíritu. Por eso ya no existe palabra. Es un silencio sin fin, envuelto en el amor de Dios. La liturgia de la eternidad es silenciosa; las almas no tienen otra cosa que hacer que asociarse al coro de los ángeles. Se hallan solamente en contemplación. Aquí en la tierra contemplar es estar ya en silencio. En el Cielo, en la visión de Dios, ese silencio se convierte en un silencio de plenitud. El silencio de la eternidad es un silencio de asombro y admiración” (FS, p. 112).

“La Iglesia sabe lo difícil que le resulta al hombre comprender el silencio de la eternidad. En la tierra hay pocas cosas capaces de hacernos entender la inmensidad del amor divino. En la misa y en la Eucaristía, la consagración y la elevación son un pequeño anticipo del silencio eterno. Si ese silencio alcanza verdadera calidad, somos capaces de entrever el silencio del Cielo” (FS, p. 113).

“El recogimiento silencioso de Cristo es una gran lección para la humanidad. Desde el pesebre hasta la Cruz, el silencio está constantemente presente, porque la cuestión del silencio es una cuestión de amor. El Amor no se expresa con palabras: se encarna y se convierte en un mismo Ser con aquel que ama de verdad (…). Si queremos prolongar la obra de Cristo en este mundo, tenemos que amar el silencio, la soledad y la oración” (FS, p. 118).

Silencio: volver a nuestro origen

“El silencio de Dios es una marca de fuego candente en el hombre que se acerca a él. A través del silencio divino el hombre se vuelve hasta cierto punto un extranjero en este mundo. Se aleja de la tierra y de sí mismo. El silencio nos empuja hacia esa tierra desconocida que es Dios. Y esa tierra se convierte en nuestra verdadera patria. Por medio del silencio regresamos a nuestro origen celestial, donde únicamente reinan la calma, la paz, el reposo, la contemplación y la adoración silentes del rostro radiante de Dios” (FS, p. 61).

Amor de Dios y libertad humana

El Amor infinito y eterno de Dios “no cesa de velar por nosotros, de esperarnos y llamarnos. Ahora bien, ese Amor no puede hacer nada sin nosotros porque no es más que Amor, y porque ese Amor es esencialmente libertad, una libertad que se dirige a nuestra libertad y no puede hacer nada sin ella, sin su consentimiento” (FS, p. 197).

Cristo: camino para entrar de nuevo en el paraíso.

Isaías dice que el Señor es para nosotros una ciudad amurallada y Él “ha levantado, como defensa, muros y antemurales” (Is 26, 1). Por el pecado, el hombre fue expulsado del paraíso, pero también de sí mismo. Al encarnarse, Cristo ha venido a devolverle la posibilidad de entrar de nuevo en el paraíso y también del camino hacia su interioridad. Cristo es como un muro exterior que protege la Iglesia, pero también el muro interior que protege nuestro edificio interior (cfr. FS, pp. 76-77).



Comentarios

  1. Bendito y Alabado sea Dios por hacer brillar siempre la Verdad en medio de la oscuridad mediante sus fieles y verdaderos instrumentos: https://youtu.be/YSwYMiIpwX8

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