sábado, 25 de febrero de 2017

La Providencia de Dios

La Oración Colecta este próximo domingo (8° de tiempo ordinario) es un canto de esperanza en la Providencia de Dios: “Concédenos, Señor, que tu poder pacificador dirija el curso de los acontecimientos del mundo y que tu Iglesia se regocije al poder servirte con tranquilidad”.


A un primer observador, sin fe, o con poca fe, le podría parecer esta oración demasiado optimista y poco real. Los acontecimientos del mundo no son precisamente muy halagüeños. Hay guerras, injusticias e incertidumbres en todo el mundo. Las perspectivas para los hombres de nuestra época son más bien oscuras.

Por otra parte, en la Iglesia tampoco hay paz. Más bien hay división y luchas en las más altas esferas de la Iglesia. La situación de la Iglesia es muy difícil: ¡se ve la falta de unidad!

Por eso, es natural que nuestra oración por la Iglesia y por el Papa ocupe el primer lugar de nuestras intenciones en estos momentos.

Sin embargo, la liturgia nos invita a la esperanza: a pedir a Dios que su poder pacificador dirija el curso de los acontecimientos del mundo y que en la Iglesia podamos servirle con tranquilidad.

La paz, según santo Tomás de Aquino (que toma la idea de san Agustín y de los antiguos autores romanos) es “la tranquilidad en el orden”. Todos deseamos la paz, la tranquilidad y el orden.

Pero, ¿es realista tener esperanza, en estos momentos, de que la paz es posible? ¿No es un poco, o bastante utópica esta petición?; ¿no son nuestras expectativas demasiado infundadas?

A veces parece que Dios no escucha nuestras plegarias. A veces parece que, o que quiere Dios el caos, la falta de claridad, la zozobra de los hombres.

“El Señor me ha abandonado, el Señor me tiene en el olvido” (cfr. Is 49, 14-15; Primera Lectura de la Misa).

Pero no es así. Dios es Padre y Madre.

¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti”, dice el Señor todopoderoso” (Ibidem).

Él sabe cómo conseguir que, al final, sea todo para su gloria y para nuestro bien. Ese “al final” no significa que haya que esperar, de modo absoluto, al fin de los tiempos. Es verdad que en ese momento histórico se dará el triunfo definitivo del bien sobre el mal, el triunfo definitivo de Jesucristo, para quien todo el honor, el poder y la gloria. Pero también es verdad que ya ahora podemos ver la acción de Dios en nuestra vida, en la Iglesia y en el mundo, si tenemos una mirada de fe.

La fe de los pequeños ve más allá de lo que se puede ver con la simple razón humana. Dios se ocupa hasta de los más mínimos detalles de sus hijos.

Dios quiere que deseemos la paz y la tranquilidad para el mundo y para la Iglesia. Pedir estos bienes, insistentemente, es una manera de desear que se cumpla la voluntad de Dios, que se lleve a cabo plenamente su designio redentor.

Por eso la Iglesia nos invita, justo antes de comenzar el itinerario cuaresmal —el próximo miércoles—, a clarificar nuestra mirada con la oración, el ayuno y la limosna, de modo que podamos, ya ahora, participar con alegría y confianza del Misterio Pascual de Cristo.

“Sólo en Dios he puesto mi confianza, porque de él vendrá el bien que espero. Él es mi refugio y mi defensa, ya nada me inquietará. Sólo Dios es mi esperanza, mi confianza es el Señor: es mi baluarte y firmeza, es mi Dios y salvador. De Dios viene mi salvación y mi gloria; él es mi roca firme y mi refugio” (Salmo responsorial. Del salmo 61, 2-3. 6-7. 8-9ab).

Esto no es “providencialismo”. Es fe sólida. Podemos estar seguros de que todo lo que sucede en el mundo, incluido el mal, es parte del plan de Dios, porque Él saca de los males bienes y de los grandes males grandes bienes.

Lo cual no significa que nos desentendamos del curso del mundo. Cada uno, donde Dios nos ha colocado, somos responsables de buscar la construcción de la paz y del orden. Alrededor nuestro tenemos el campo de acción para construir y sembrar la verdad y el bien. En este mundo tan dividido, podemos crear corrientes de unidad y de amor.

La Cuaresma es un tiempo especialmente propicio para convertirnos y, de esta manera, ayudar a la conversión y transformación del mundo y de la Iglesia. Todo empieza por uno mismo, como dice san Josemaría Escrivá de Balaguer: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides—dependen muchas cosas grandes” (Camino 755).

Hermanos: Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se busca en un administrador es que sea fiel” (cfr. 1 Co 4, 1-5; Segunda Lectura de la Misa)”.

Lo que Dios nos pide es que seamos fieles, de cara a Él, sin respetos humanos, sin mirar a la derecha o a la izquierda: “puesta la mirada en el autor y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2). Sin juzgar antes de tiempo, sino esperando la Segunda Venida de Cristo.

Entonces él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas, pondrá al descubierto las intenciones del corazón y dará a cada uno la alabanza que merezca” (ibídem).

El Señor no quiere que nos “preocupemos” por “lo mal que está el mundo y la Iglesia”, sino que nos “ocupemos” en la tarea de nuestra santificación y de la salvación de las almas. Los que se “preocupan” por el alimento y el vestido (es decir, las cosas materiales) y se inquietan y desviven por lo pasajero y caduco tienen poca fe y no conocen a Dios (cfr. Mt 6, 24-24; Evangelio de la Misa).

Dios sabe muy bien de todo lo que tenemos necesidad, pero nos pide que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia. Él se encargará de cuidarnos en todo lo demás (Ibidem).

Y el último consejo que nos da la Liturgia de la Palabra de mañana es esencial:

No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas (Ibidem)”.

 ¡Qué sabio es “vivir al día”!

Pórtate bien "ahora", sin acordarte de "ayer", que ya pasó, y sin preocuparte de "mañana", que no sabes si llegará para ti” (Camino 253).

“¡Ahora! Vuelve a tu vida noble ahora. —No te dejes engañar: "ahora" no es demasiado pronto... ni demasiado tarde” (Camino 254).

Nuestra Señora, que conservaba todo dentro de su corazón (cfr. Lc 2, 51), nos enseñará a confiar en la Providencia de Dios y a valorar rectamente los sucesos de esta vida, en el mundo y en la Iglesia.




sábado, 18 de febrero de 2017

Lecciones de Amor

Dios desea que seamos perfectos. “Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lev 19, 1; cfr. Primera Lectura de la Misa de mañana, Domingo VII del Tiempo Ordinario). “Sed perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5, 48; cfr. Evangelio de la Misa).

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¿Pero quién podrá llegar a ser perfecto?, se preguntaba el Papa Benedicto XVI. Somos tan limitados. Estamos tan lejos de la perfección. Y respondía los siguiente: “Nuestra perfección es vivir con humildad como hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad” (Ángelus, 20-02-2011). Es decir, Dios no pretende que lleguemos a la perfección meramente formal. La santidad que Él desea de nosotros es la que procede de ola apretura para dejar que el Espíritu Santo haga su obra en nosotros y del empeño por tratar de cumplir su voluntad, por amor: es la perfección de la caridad.

Y, ¿cuál es la voluntad de Dios? Lo leeremos también en las lecturas del próximo domingo: amar a Dios con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas…, y a todos nuestros hermanos como a nosotros mismos. Ese es el primer mandamiento de la Ley de Dios y el que encierra en sí todos los demás. “En aquel que cumple la palabra de Cristo, el amor de Dios ha llegado s su plenitud” (cfr. versículo del Aleluya).

La voluntad de Dios es la misma para todos, pero cada uno tiene que hacerla realidad en sus propias circunstancias. Por ejemplo, una madre de familia, en su hogar, con su marido, con sus hijos, sus nietos… Ahí debe buscar la santidad en primer lugar.
 
El Señor nos pide amar a todos, incluso a nuestros enemigos. Con mayor razón tenemos que amar a los que están más cerca de nosotros. No podemos ser luz de la calle y oscuridad de la casa.

¡Qué difícil es vivir este mandamiento cabalmente! La santidad es una meta asequible, pero difícil de lograr. Es un reto diario. Cada día tenemos la ocasión de no odiar a nuestro hermano “ni en el secreto de tu corazón”, de “corregirlo, para que no cargues tú con su pecado”, de no vengarse, ni guardar rencor (cfr. Primera Lectura).

También corregir es un acto de caridad: corregir por amor. Colaborar con el Espíritu Santo, que es el Modelador, en el perfeccionamiento y santidad de nuestros hermanos. Por ejemplo, para unos padres, de sus hijos: educándolos en la fortaleza y en la generosidad; ayudándoles a descubrir su vocación humana, profesional y sobrenatural.

¿Cuál es el modelo que tenemos que seguir en este mandamiento? Dios mismo. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Salmo 102).

¿Por qué tenemos que amar a nuestro hermano? Porque es templo de Dios. “Quien destruye el templo de Dios será destruido por Dios” (1 Cor 3, 16-23).

Pero Jesús va mucho más allá del escueto 5° mandamiento, tal como se enuncia en el Decálogo: “no matarás”; o del precepto indicado en la ley del talión, que estaba vigente en los pueblos antiguos: “Ojo por ojo y diente por diente”. Jesús nos pide amar “hasta el extremo”, es decir, sin límites.

Con esa lógica, la que nos enseña Jesucristo, hemos de actuar siempre: perdonar todo, soportar todo, tener paciencia con todo, como nos recuerda san Pablo en el Himno a la Caridad (1 Co 13) que el papa Francisco comenta detenidamente en la Exhortación apostólica Amoris laetitia (2016).

«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13,4-7) (Amoris laetitia, c. 4).

El Papa comienza explicando las dos primeras características del Amor: la paciencia (más pasiva) y el espíritu de servicio (más activo). La paciencia, sobre todo, es la capacidad de controlar el carácter. El servicio es la capacidad de ser creativos pensando en los demás.

Luego vienen siete “no”, contra: 1°) la envidia (falta de aceptación de los distintos caminos de los hombres); 2°) la presunción (alarde y arrogancia) que nos hace hablar sólo de nosotros mismos; 3°) la dureza de corazón o falta de amabilidad, cortesía, delicadeza y educación; 4°) el propio interés que nos lleva a no estar desprendidos de nosotros mismos; 5°) la irritabilidad (sobre todo la interior, que nos lleva a la amargura); 6°) el rencor y ausencia de perdón (el llevar las cuentas de los demás), 7°) la falta de empatía para, en lugar de alegrarnos con los demás, complacernos en el mal que sufren nuestros hermanos.

Por fin, en cuatro puntos, el Papa comenta la “totalidad” que debe haber en la Caridad: 1°) todo lo disculpa (no critica, utiliza bien la lengua); 2°) todo lo cree (confía plenamente en los demás); 3°) todo lo espera (vive en la esperanza de que todo se puede arreglar, con la gracia de Dios); 4°) todo lo soporta (es decir, ama “a pesar de los pesares”, superando toda adversidad).

La caridad hay que vivirla radicalmente: “no hagan resistencia al hombre malo” (Mt 5, 38-48). ¿Qué quiere decir Jesús con esta frase, a primera vista desconcertante? ¿Tenemos que dejarnos maltratar?

Es claro que todos tenemos el derecho a defendernos, en cuanto es posible. Pero cuando esto no es posible, por distintas razones, y hay que “soportar” el mal necesariamente; entonces Jesús nos da la receta: llévalo todo por amor. “Vence el mal con el bien”. Saca de los males, bienes, y de los grandes males, grandes bienes. Ahoga el mal en abundancia de bien.

El amor siempre es más fuerte que el odio. Al final, siempre triunfará el amor.

No te prometo hacerte feliz en esta vida, sino en la otra”, le decía la Virgen a santa Bernardette en una de las apariciones de Lourdes. Y terminó su vida, en el convento de Nevers, dando gracias por todo. En realidad, fue felicísima en su vida, pero también sufrió mucho.

Si alguien nos hace algún mal, el consejo del Señor es claro: “rogad por los que os persiguen y calumnian para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos” (Evangelio).

Dios desea la salvación de todos sus hijos, buenos y malos. Mientras estamos en la tierra, el más grande pecador se puede convertir en el mayor santo, y viceversa. No hay nada definido.

¿Cuál es el camino para salvar a las almas? Amar. Vivir de amor, de caridad. Ejercitar la caridad constantemente con todos. Y todo, con alegría: amor, gozo, paz. Son los primeros frutos del Espíritu Santo.

Podemos terminar nuestra reflexión mirando el ejemplo de Nuestra Madre, la Señora del Dulce Nombre, la Madre de la Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra (cfr. Salve Regina), que pasó su vida bendiciendo y alabando a Dios, y sembrando la alegría y la paz, en su hogar de Nazaret y luego en la Iglesia, que es el hogar de todos los que creemos en Cristo, es Nuestra Familia.
 


sábado, 11 de febrero de 2017

El que cumple la voluntad de Dios

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. En su primera aparición, el 11 de febrero de 1858, la Virgen sólo sonrió a Bernardette. No dijo nada sino hasta varios días después (le dijo que era la Inmaculada Concepción).

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Lo que más se queda en los hombres son los gestos de amor que tenemos con ellos, como el hijo que recuerda a su madre no por sus palabras, sino por haberle puesto los calcetines (primero uno y después otro) muchas mañanas al levantarse de la cama cuando era niño.

Quizá por eso Nuestra Señora lo primero que hace es sonreír a Bernardette. María sabía que la joven era sensible al cariño de una madre.

Bernardette, hacia el final de su vida se encontraba muy enferma en Nevers. La enfermera que la cuida pide para ella, a la cocina, “una comida más apetitosa”. Entonces, la encargada de la cocina replica con enfado: -¿Es que su madre le daba pollo todos los días? Alguien cuenta a Bernardette la conversación anterior, y ella no pudo evitar responder: -No, claro, pero lo que me daba mi madre me lo daba de todo corazón.

María manifiesta con su sonrisa todo el amor de Dios por cada uno de nosotros pero, una vez que ha conseguido ganar la confianza total de Bernardette, le comunica su mensaje, que es el resumen de la vida cristiana: en unidad de vida, cumplir la voluntad de Dios con el corazón puesto en Él.

El 14 de agosto de 2004, san Juan Pablo II visitó Lourdes y, en la gruta de Massabielle dijo que, en ese lugar, la Virgen enseñó a Bernardette dos cosas: 1) a hacer oración, a través de la contemplación del rostro de Cristo en el rezo del Rosario y 2) a cumplir la voluntad de Dios, según las enseñanzas de Cristo. “Queremos aprender de la humilde sierva del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el compromiso generoso para acoger en nuestra vida las enseñanzas de Cristo”.

Estas dos ideas son en las que nos podemos fijar en este Sexto Domingo del Tiempo Ordinario. Por ejemplo, leeremos en el Evangelio de la Misa de mañana (cfr. Mt 5, 17-37) que Jesús, en el Sermón de la Montaña, dice lo siguiente: 
No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”.
Los Mandamientos —el Decálogo— son la expresión de la Ley Natural que Dios grabó en nosotros, desde la Creación. Jesús no vino a abolir esos preceptos, sino a explicarlos con profundidad y a darnos la fuerza, con su gracia, para que los podamos vivir desde lo profundo del corazón, con recta intención y deseos de manifestar nuestro amor a Dios a través de su cumplimiento.

En nuestra época hay la tendencia a ver en los Mandamientos de la Ley de Dios cargas pesadas o leyes externas que muchas personas cumplen como mero formalismo: algo sin vida y que quita la libertad.

Pero no: los Mandamientos no son eso. Son Caminos de Vida, Luces claras que iluminan nuestras decisiones. Es verdad que cada uno debe hacerlos propios e incorporarlos personalmente de modo que formen nuestra conciencia y nos den criterio para actuar.  

El Papa Francisco con frecuencia nos señala el peligro de actuar como los fariseos, sólo externamente haciendo las cosas “por cumplir”, para estar “tranquilos” con nosotros mismos y “justificarnos” ante Dios.

Ese es un error, indudablemente. Y existe siempre ese peligro. Pero lo que desea el Papa no es que despreciemos los Mandamientos, sino que los amemos mucho y los vivamos de corazón.

Es más, los Mandamientos hemos de vivirlos “hilando muy fino”; es decir, buscando cumplirlos con sinceridad profunda y con delicadeza, para amar a Dios como Él quiere que lo amemos: sin quedarnos en la letra, sino yendo al fondo de su contenido.

Esto es lo que nos enseña Jesús: a poner amor en todo y a cuidar los detalles pequeños, que son muestra de que deseamos vivir todos sus consejos y enseñanzas hasta lo que es aparentemente insignificante, pero que delante de Dios tiene mucho valor.

Por ejemplo, Jesús nos enseña a vivir la virtud de la castidad: de modo más exigente y concreto: “También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.

El Señor no rebaja la exigencia de los Mandamientos, sino que la aumenta, enseñándonos a no quedarnos en el límite mínimo, sino a aspirar a los bienes mejores. “Procurad reformaros con un nuevo sentido de la vida; tratando de comprender aquellas cosas que son buenas, de más valor, más agradables a Dios, más perfectas; y seguidlas” (Rom 12, 2).

Somos libres para hacerlo: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja” (cfr. Primea Lectura, Sir 15, 16-21).

Nuestra Señora, Madre del Buen Consejo, nos enseñará a valorar mucho todas las enseñanzas del Señor y a tener un deseo muy grande de cumplir, de todo corazón, su voluntad: “Dichoso el hombre de conducta intachable, que cumple la ley del Señor. Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón” (cfr. Salmo 118).



sábado, 4 de febrero de 2017

Sal de la tierra y luz del mundo

En la homilía de la canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el 6 de octubre de 2002, san Juan Pablo II comentó brevemente las palabras de Jesús que leeremos mañana en el Evangelio de la Misa  (Mt 5, 13-16) del 5° domingo durante el año: “Ustedes son la sal de la tierra (…). Ustedes son la luz del mundo”.


“Siguiendo sus huellas —decía el Papa, refiriéndose a san Josemaría—, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16)”.

¿Cómo podemos los cristianos ser sal y luz delante de los hombres? La respuesta es clara: cultivando el estilo evangélico de vivir, es decir, el modo de vivir de Jesucristo, de la Virgen, de los Apóstoles, de los discípulos que seguían a Jesús...; el estilo de vida de los pequeños y los humildes de corazón.

El domingo pasado veíamos quiénes son esos pobres y humildes. «Es la gente humilde rechazada y despreciada la que le entiende y corre tras El. Con esta gente Jesús establece entendimiento inmediato; es gente convencida de no saber ni valer nada, convencida de necesitar ayuda y perdón (...). No así los "sabios" y los "inteligentes"; estos se han formado su propia visión de Dios y del mundo, y no están dispuestos a cambiarla. Creen saber todo acerca de Dios, creen poseer la respuesta decisiva y piensan que no tienen nada que aprender, por ello rechazan la "Buena Nueva" (...). Solamente quien acepta los propios límites intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación, puede abrirse a la fe y en la fe encontrar a Cristo a su Redentor» (san Juan Pablo II, 17-II-80).

Para ser sal y luz delante de los hombres, es necesario vivir las bienaventuranzas proclamadas por Jesús inmediatamente antes. Un resumen maravilloso de ellas nos lo da san Juan Pablo II en la homilía citada más arriba, cuando define el estilo evangélico “de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu”.

Son cuatro notas en las que vale la pena detenerse una y otra vez.

La humildad es como la base del estilo evangélico de vivir. Es la virtud humana fundamental, en la cual se apoya todo el edificio espiritual. Es preciso tener conciencia de nuestra insignificancia delante de Dios y de nuestros hermanos. La humildad va de la mano de la sinceridad, la docilidad y la sencillez.  

La segunda característica es el servicio. Los humildes desean servir, ser útiles, ayudar a los demás, darse. “La humildad es la morada de la caridad” (San Agustín). Y una forma sencilla de la caridad es el espíritu de servicio. Todo se puede convertir en servicio: desde la oración hasta el trabajo y el apostolado. Por ejemplo, ante la pregunta de Peter Seewald (en “Últimas conversaciones”, p. 35) sobre si hay algo que el Papa Benedicto XVI quisiera aún llevar a cabo, responde: “No en el sentido de que quiera dejar aún algo a la humanidad. Pero sí en el sentido de proseguir mi servicio en la oración”.

Pero para poder servir con humildad, son necesarias previamente dos condiciones fundamentales.: el abandono en Dios y la oración.

En primer lugar una actitud de “abandono en la Providencia”. Sólo se es verdaderamente humilde cuando nos sentimos como niños en las manos de Dios, confiados plenamente en sus planes, seguros de que todo lo que sucede en nuestra vida no es fruto de la casualidad o el azar, sino manifestación del designio de Dios. Es una actitud vital, don de Dios, que podemos identificar con las virtudes teologales de la fe y la esperanza.

La última nota del estilo de vida evangélico es “la escucha constante de la voz del Espíritu”, es decir, el empeño por mantener nuestra unión con Dios por medio de la oración. Es el deseo de permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo en nuestra alma, que acude en ayuda de nuestra debilidad.

Podemos decir que la oración es el clima espiritual de los pobres de espíritu que, si se cultiva diariamente, les lleva a abandonarse totalmente en las manos de Dios y, por eso, a ser verdaderamente humildes y ocuparse constantemente en el servicio de sus hermanos.

Luchando por vivir todos los días el estilo evangélico, que ante todo es un don de Dios, podremos ser sal y luz para nuestros hermanos.     


sábado, 28 de enero de 2017

La humildad de los pequeños

Después de leer y meditar los textos sagrados que nos presenta la liturgia dominical de mañana (IV Domingo del tiempo ordinario), surge en nuestro corazón la siguiente pregunta: ¿qué es lo que más deseo en esta vida?


Si nos metemos de verdad en las oraciones, salmos y lecturas que nos presenta la Iglesia mañana se llenará de alegría y agradecimiento nuestra alma, por la Verdad y la Bondad que Dios nos manifiesta en todo momento.

La Oración colecta, por ejemplo, resume admirablemente el mayor deseo que puede tener un hombre: amar con toda el alma.

“Concédenos, Señor Dios nuestro, adorarte con toda el alma y amar a todos los hombres con afecto espiritual. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”.

A Dios le adoramos, le alabamos y le amamos con todo nuestro corazón, porque es Bueno, porque es eterna su Misericordia. Y a nuestros hermanos, los hombres, también queremos amarles, con afecto espiritual (porque son hijos de Dios, porque merecen todo nuestro respeto, porque son imagen del Dios vivo).

Para poder amar de esta manera, que es el supremo bien del hombre, es necesario ser humilde, la virtud que hoy la Liturgia nos invita a valorar sobre todas las demás virtudes humanas.

“Busquen la justicia, busquen la humildad. Quizá puedan así quedar a cubierto el día de la ira del Señor” (cfr. Primera Lectura, Sof 2, 3; 3, 12-13).

En el Antiguo Testamento “justicia” equivale a “santidad”. Santo es el que agrada a Dios, el que cumple su voluntad. Y ¿cómo la cumplimos mejor? Siendo humildes. Por eso el Espíritu Santo nos alienta a buscar la humildad, pidiéndola como un don, y luchando por practicarla todos los días, en nuestra vida ordinaria.  

Es interesante hacer notar que la humildad es la mejor manera de “quedar cubiertos el día de la ira del Señor”. ¿Cuál es ese día? Con esta expresión, la Sagrada Escritura designa el Tiempo de la Tribulación.

El Señor se complace con los pequeños y humildes de corazón.

“El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo. Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado (…). A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo” (cfr. Salmo 145).

Nos acercamos al 100° aniversario de las apariciones de Fátima. Son emocionantes los diálogos de los pastorcitos de Fátima con la Virgen. María, que es la humilde esclava del Señor, escoge a gente sencilla para comunicar sus mensajes de amor. Sigue el ejemplo de su Hijo.

“Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (Segunda Lectura, 1 Co 1, 26-31).

En efecto, podemos reconocer el Rostro de Jesús en las Bienaventuranzas, que mañana meditaremos una vez más, según el Evangelio de san Mateo (cfr. Mt 5, 1-12). El estilo de vida de Jesús y de sus discípulos es el de la humildad y el servicio, la escucha atenta a la voz del Espíritu y el abandono confiado en manos de la Providencia.

Santo Tomás de Aquino y los autores medievales ponen en relación cada una de las bienaventuranzas con las virtudes y los dones del Espíritu Santo.

Por ejemplo, la tercera bienaventuranza (“dichosos los mansos porque heredarán la tierra”) corresponde al don de piedad. Dice santo Tomás que esta bienaventuranza “tiene una cierta coincidencia con la piedad, en cuanto que por la mansedumbre se quitan los obstáculos para los actos de piedad” (cfr. S. Th. II-II. q. 121, a. 2).

La mansedumbre es uno de los frutos del Espíritu Santo y está íntimamente relacionada con la virtud de la humildad. Nos hace capaces de abrirnos al Espíritu Santo para oír su voz y sumergirnos en el diálogo de amor que Dios desea tener con nosotros cada día.

Aprendamos a ser serenos y mansos de corazón, como María que crea un clima sereno que cura la brusquedad y la impaciencia. La serenidad es un tejido profundo del alma que está hecho de ilusión y de paciencia. Ilusión de María, cuando recibe el anuncio del ángel, cuando va de visita a casa de su prima Isabel, cuando espera a Jesús, cuando medita en su corazón las grandes maravillas que contempla; cuando le pide a Jesús que adelante la hora de sus milagros. María se llena de paciencia, durante su larga vida oculta en Nazaret; sobre todo al pie de la Cruz. La serenidad es una actitud necesaria en nuestra vida interior. Nos da hondura, calma, visión amplia, tranquilidad, orden (Cfr. Dorronsoro, J. M., Tiempo para creer, p. 55). 





sábado, 21 de enero de 2017

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz

Los textos litúrgicos del Domingo III del Tiempo Ordinario nos dan pie para reflexionar sobre Cristo, Luz del mundo; un mundo que yace en las tinieblas, pero que ya está iluminado por una gran luz. Nosotros somos cooperadores de esa Luz: somos como puntos luminosos en la noche oscura del mundo, si vivimos la Vida de Cristo.


“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (cfr. Primera Lectura: Is 8, 23.9, 3).

Este texto de la liturgia me trae a la memoria el título de una película de 1993: “Tierra de sombras” (Shadowlands), que trata sobre la vida de C. S. Lewis, el gran escritor inglés, autor de las “Crónicas de Narnia”, y amigo de J.R. Tolkien. La película se centra en la relación entre C. S. Lewis y su esposa Joy Davidman, recogida en su libro “Una pena en observación”.

C. S. Lewis, con gran agudeza, se adentra en la psicología del ser humano, y siempre lo hace con una visión de fe. Nuestra relación con Dios es fuente de grandes alegrías, pero también de penas profundas. Para los cristianos, sin embargo, esas penas no son causa de “tristeza” propiamente. El dolor, para un discípulo de Cristo, siempre es un motivo de gozo, porque se sabe sostenido por el Amor de Dios que le genera interiormente una esperanza que no defrauda (cfr. Rm 5, 5).

Es verdad que somos un pueblo que camina en una “tierra de sombras”. Basta echar una mirada al mundo que nos rodea. Basta mirarnos a nosotros mismos. No vemos mucha armonía, paz, justicia, bondad…, sino todo lo contrario. Pero trascendiendo esas sombras, también estamos iluminados por una Gran Luz.

Esa Gran Luz es Cristo. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” (Del salmo 26, 1.4.13-14).

Sólo Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (cfr. Gaudium et spes, 22), pues sólo Él es el hombre perfecto y solamente en él aparece lo que es propiamente el hombre. Sólo Cristo revela nuestro propio misterio.

En Cristo conocemos quiénes somos, cuál es nuestro origen, hacía qué destino caminamos, cuál es el sentido de nuestra vida. Él nos revela que somos, ante todo, hijos de Dios: esa es nuestra verdad más íntima. Nos enseña que estamos hechos para el Amor. Nos promete una Vida que no termina con la muerte, sino que perdura en Dios para siempre.

Por eso podemos cantar con el salmo: “Lo único que pido, lo único que busco, es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia” (ibídem).

¿Es ese nuestro gran anhelo: vivir en la casa del Señor toda nuestra vida? ¿Qué significa esto? Vivir en la casa del Señor es vivir en la presencia de Jesucristo en todo momento. Cristo es el fin de nuestras acciones. Cristo viven en mí; es decir, en mi corazón, en mi conducta: Él es el sujeto con quien me busco identificar en todo. Cristo es mi Camino: todo (mi vida familiar, profesional, social…) está centrado en Él, vivificado por Él.

“La bondad del Señor espero ver en esta misma vida” (ibídem). Ya aquí, en este mundo, vemos la Bondad del Señor. “Todo es para bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).

Por eso podemos decir que Cristo es la Gran Luz que ilumina la tierra de sombras en la que vivimos.

La vida en Cristo nos lleva a ser antorchas, puntos de luz, que iluminan el mundo. La luz disipa las tinieblas, sobre todo las tinieblas del odio y de la división. La luz es la Verdad que une.

“Hermanos: Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar” (Segunda Lectura: 1 Cor 1, 10-13.17).

El cristiano es siempre “instrumento de unidad”. Lucha contra la acción del demonio, que busca dividir a los hombres entre sí, porque siembra la discordia en los corazones.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, por ejemplo, era un gran promotor de la unidad entre los hombre, que es un don y una tarea. La primacía la tiene el Don (la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo), pero la unidad es una tarea diaria: es algo que cada día hemos de construir ahí donde estamos.

“Los hijos de Dios han de comportarse —¡siempre!— como instrumentos de unidad (Amigos de Dios, 233). Han de procurar con todas sus fuerzas que haya unidad y paz entre los que, por ser hijos del mismo Padre Dios, son hermanos (Ibidem, 174.). Están llamados a colaborar humildemente, pero fervorosamente, en el divino propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que ha desordenado el hombre pecador, de llevar a su fin lo que se descamina, de restablecer la divina concordia de todo lo creado (Es Cristo que pasa, 65). Para llevarlo a cabo, han de dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él (Via Crucis, XIV Estación)” (E. Burkhart y J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría. Estudio de teología espiritual, Epílogo).

El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”” (Evangelio: Mt 4, 12-23).

Jesús, la Gran Luz que ilumina a todos los hombres, predica desde el inicio de su vida pública la conversión, “porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Siempre es momento de conversión, pero ahora más que nunca “porque ya está cerca el Reino de los cielos”.



sábado, 14 de enero de 2017

El Bautismo del Señor en el Jordán

Esta semana, hemos comenzado el Tiempo Ordinario del Año Litúrgico. En algunos países ya hemos celebrado, el lunes pasado, la Fiesta del Bautismo del Señor que, normalmente se celebra el domingo siguiente a la Solemnidad de la Epifanía. En otros países se celebrará mañana.

 

De cualquier manera, los textos de la Liturgia de la Palabra, en ambos casos, nos dirigen hacia la contemplación de Jesucristo el día de su Bautismo en el Jordán.  

El Señor, después de haber vivido unos 30 años en Nazaret, hacia el mes de enero del año 27, según algunos exégetas, hace el largo viaje (de unos 100 kilómetros) desde Nazaret hasta cerca de Jericó, donde  estaba bautizando Juan.

Los expertos en la Sagrada Escritura afirman que ese año era un año jubilar o sabático de los grandes, es decir, de los que se celebraban cada 49 o 50 años. Muchos galileos, como también de otros lugares de Palestina, habían acudido a recibir el bautismo de penitencia que predicaba Juan.

¿Qué decía Juan? Que era necesaria la conversión, el cambio interior, porque estaba cerca la aparición de quien no sólo bautizaría con agua, sino que lo haría con el Espíritu Santo y con fuego.

La misión de Juan era preparar los caminos del Señor, enderezar sus sendas, allanar los valles… En definitiva, ayudar a que los hombres de esa época estuvieran bien dispuestos a recibirlo.

Jesús, como observa el Papa Benedicto XVI, se pone en la “cola de los pecadores” para recibir el bautismo de Juan. Desea ser uno más. Se mezcla con la multitud de los penitentes, siendo el Cordero inocente y sin mancha.

Algunos galileos se habían unido al Bautista para tomarlo como maestro y escuchar su palabra de conversión. Entre ellos estaban quienes serían los primeros seis discípulos de Jesús: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé.

Jesús desea comenzar su vida pública con su Bautismo en el Jordán. Juan, que era su pariente, lo reconoce y, al principio, se resiste a bautizarlo. Pero Jesús le pide que lo haga, porque ese era el designio de su Padre.

El Bautismo del Señor es el comienzo de su “subida” a Jerusalén: “con un bautismo tengo que ser bautizado y cómo está mi alma en prensa hasta que se cumpla” (Lc 12, 50). Es el bautismo de su Pasión y Muerte en la Cruz para salvación de los hombres.

Por eso, muchas representaciones primitivas representan ese momento poniendo a Jesús debajo del agua del Jordán, como en un sepulcro.

El Señor, con su Bautismo dio al agua el poder de ser elemento de salvación, signo que unido a la invocación de la Trinidad, será el sacramento de la regeneración y unión con Cristo, Puerta de los demás sacramentos.

Efectivamente, en el Segundo Misterio luminoso del Rosario meditamos la teofanía que tuvo lugar, cuando se abrieron los cielos, se escuchó la voz del Padre y se posó sobre el Señor el Espíritu Santo en forma de paloma: “Este es mi Hijo muy amado en quien me he complacido” (Mt 3, 17).       

¿Qué fruto podemos sacar hoy de esta reflexión sobre el Bautismo del Señor?

En primer lugar, agradecerle que nos haya hecho partícipes de su Bautismo, a través del nuestro. Ese día comenzamos a ser propiamente hijos de Dios. Ese día la Santísima Trinidad comenzó a inhabitar en nuestra alma. Ese día recibimos la semilla de las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. ¡Qué gran día el de nuestro bautismo!

Además, podemos pedirle a Jesús que nos de su gracia para buscar todos los días la conversión personal, con un espíritu de penitencia cada vez más decidido, para luchar contra el pecado y avanzar con generosidad por el camino de la santidad.

Por último, también podemos proponernos unirnos al Señor y a los primeros apóstoles, en el comienzo de su vida pública, para ser también nosotros apóstoles, evangelizadores de su Palabra, con nuestra oración, nuestro ejemplo y nuestra caridad fraterna con quienes están más cerca y con todos nuestros hermanos.

María, la Madre del Señor, permanecía en Nazaret, pero espiritualmente estaba siempre junto a su Hijo. Ella nos enseñará a contemplar cada día el Segundo Misterio luminoso del Rosario con más fervor y agradecimiento.