sábado, 18 de abril de 2015

Misericordia de Dios y arrepentimiento de nuestros pecados

Los textos de la Liturgia de la Palabra del Domingo III de Pascua son los siguientes: Hch 3,13-15. 17-19; 1 Jn 2,1-5; Lc 24,35-48. Todos presentan un rasgo común: señalar claramente que para unirnos a Cristo Resucitado, recibir la Misericordia de Dios y participar en la Vida Nueva que ha inaugurado con su Resurrección, es necesaria nuestra respuesta personal: la fe y la conversión.

Virgen de la Misericordia. Se veneró en el templo
del Convento de San Felipe de Jesús,
de religiosas capuchinas de la Ciudad de México.

Es decir, no basta confiar en el Amor Misericordioso de Dios, que se ha manifestado en el Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión de Cristo a los Cielos); sino que cada hombre, libre y responsablemente, ha de aceptar la Redención obrada por Cristo.

Esto se lleva a cabo por medio de la Fe y el Bautismo. Así nos conformamos con Cristo y participamos de su filiación divina, siendo también nosotros hijos de Dios y herederos de la Gloria. Pero, además, para mantener la amistad con Dios, hemos de no poner obstáculos a la acción santificadora del Espíritu Santo, que infunde en nosotros el Amor de Dios.

Sólo el pecado es el verdadero obstáculo para impedir que la gracia del Espíritu Santo nos santifique más y más.

Por eso es necesaria la conversión y el arrepentimiento. En las tres lecturas lo vemos claro.

En la Primera Lectura, Pedro toma la palabra, en uno de sus discursos que nos narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: después de hablarles a los judíos del gran pecado que han cometido llevando a Jesús a la muerte, les dice: “Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.

Sólo así podrán recibir el Bautismo y recibir todo el Amor y la Misericordia de Dios.

De la misma manera, en la Segunda Lectura de la Misa, Juan comienza por decir a sus interlocutores: “Les escribo esto para que no pequen”; y les explica cómo Jesús se ofreció a sí mismo como víctima de expiación por nuestros pecados. Pero les hace ver que sólo podremos decir que conocemos verdaderamente a Dios si cumplimos sus mandamientos (es decir, si luchamos seriamente por evitar el pecado en nuestras vidas). Porque si no, somos unos mentirosos. No basta con decir “Señor, Señor”. Hay que cumplir los mandamientos de Dios. Si vivimos en la verdad, entonces el amor de Dios llegará a su plenitud en nosotros, “y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él”.

Por último, en el Evangelio de la Misa, Lucas nos relata la aparición de Jesús a sus discípulos, en el Cenáculo, el día de su Resurrección, justo después de los dos discípulos de Emaús han vuelto a Jerusalén, al atardecer, y han contado a los apóstoles que han visto al Señor.

Jesús “se presentó Jesús en medio de ellos” y, de diferentes modos, busca convencerles de que no es un fantasma, sino él mismo. Les enseña sus llagas, les pide que lo toquen, les pide de comer, y come delante de ellos.

Benedicto XVI comenta así este texto: “En este y en otros relatos se capta una invitación repetida a vencer la incredulidad y a creer en la resurrección de Cristo, porque sus discípulos están llamados a ser testigos precisamente de este acontecimiento extraordinario. La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental que es preciso reafirmar con vigor en todos los tiempos, puesto que negarla, como de diversos modos se ha intentado hacer y se sigue haciendo, o transformarla en un acontecimiento puramente espiritual, significa desvirtuar nuestra misma fe. "Si no resucitó Cristo -afirma san Pablo-, es vana nuestra predicación, es vana también vuestra fe" (1Co 15, 14)” (Ángelus, 23 de abril de 2006).   

Pero vale la pena fijarse en lo que dice, al final, Jesús a sus discípulos: “Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto””.

Jesús insiste, el mismo día de su Resurrección, en la importancia de que sus discípulos prediquen, a todas las naciones, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados.

Si queremos participar de la Vida Eterna, que el Señor nos ofrece, por designio misericordioso del Padre, a todos los hombres, es necesario que nos arrepintamos de nuestros pecados y nos volvamos a Dios.

Eso es lo que sucederá el día del Aviso, según anunció la Virgen a las niñas de Garabandal: todos tendremos la gracia de ver muy claro que Cristo es nuestro Redentor y, si queremos, podremos hacer un acto de fe y un acto de penitencia, arrepintiéndonos de todos nuestros pecados, que veremos de manera muy clara en estos momentos.

El Papa Francisco ha promulgado la Bula "Misericordiae Vultus" que abre el Año Santo de la Misericordia. ¿Será un presagio de que el Aviso ya está muy cerca de nosotros? Vale la pena prepararse a recibir esa Gracia Extraordinaria de Dios, ejercitándonos todos los días en la conversión personal y en la penitencia, para así estar mejor preparados para recibir todo el Amor de Dios que el Espíritu santo desea derramar en nuestros corazones.

Terminamos con la Antífona de la Comunión del Domingo III de Pascua:

“Era necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y que, en su nombre, se exhortara a todos los pueblos el arrepentimiento para el perdón de los pecados. Aleluya”.

> Se pueden ver los siguientes artículos, de Luis Fernando Pérez Bustamante, en InfoCatólica (que se relacionan con lo que hemos expuesto en este post):




sábado, 11 de abril de 2015

Lavados por el Agua, redimidos por la Sangre y regenerados por el Espíritu

Mañana celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II, que tenía una gran devoción a la Imagen de Jesús de la Misericordia, entregada por el mismo Señor a Santa Faustina Kowalska. Muchas veces, del Papa repetía la jaculatoria: “Jesús, en Ti confío”.


En la Liturgia Tradicional (Tridentina: Rito Extraordinario) este domingo se llamaba “Domingo Quasimodo”, por las primera palabras del Introito: “Quasimodo geniti infantes, rationabiles, sine dolo lac concupiscite”, tomadas de la Primera Carta de San Pedro.

Los bautizados en Pascua eran acogidos con la exhortación de Pedro: "Quasimodo geniti infantes, rationabile sine dolo lac concupiscite, ut in eo crescatis in salutem" – “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual (en griego: 'logikós', del 'lógos', el Espíritu Santo, que en latín se tradujo por 'rationabilis') pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación” (1 Pe 2, 2).

Los bautizados se presentaban revestidos del alba que habían recibido el domingo precedente. Por esta razón, se llamaba también a este domingo "in albis", "en blanco".

Quasimodo se convirtió en nombre de pila, el más célebre de cuyos portadores ha sido el personaje de Victor Hugo, ya que se daba a menudo a los niños el nombre del santo del día o uno de los santos próximos a su día de nacimiento, o el nombre de su domingo de bautismo.

Pero también es digna de mención la Colecta de la Misa: “Deus misericordiae sempiternae, qui in ipso paschalis festi recursu fidem sacratae tibi plebis accendis, auge gratiam quam dedisti, ut digna omnes intellegentia comprehendant, quo lavacro abluti, quo spiritu regenerati, quo sanguine sunt redempti”. “Dios de misericordia infinita, que reafirmas la fe de tu pueblo con el retorno de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo”.

“Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan." (1 Juan 5, 7-8).

En esta oración, le pedimos al Señor que nos haga comprender la grandeza de las acciones salvíficas de Jesucristo, en su Misterio Pascual, que nos ha lavado de nuestros pecados, nos ha comprado a precio de sangre y nos ha regenerado para una Vida Nueva.

Benedicto XVI, en una de sus homilías pascuales, explica muy bien en qué consiste esta Vida Nueva, que hemos recibido por el Bautismo.

“Está claro que este acontecimiento [la Resurrección del Señor] no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la "evolución" y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida” (Benedicto XVI, Homilía, 15-IV-2006; las negritas son nuestras).

Cada uno de nosotros, por el Bautismo, podemos incorporarnos a esta Vidas Nueva que Cristo a inaugurado con su Resurrección. El Papa lo comenta de este modo: “"Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20) (…). Esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia” (ibídem).

Y continúa el Papa Benedicto aclarando los conceptos: “Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del "morir y devenir". El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado” (ibídem).

> Se pueden leer también otras homilías pascuales de Benedico XVI en una selección que hace Sandro Magister: Homilías Pascuales I y Homilías Pascuales II.

> Leer también lo que escribe Benedicto XVI en Jesús de Nazaret III, sobre la Resurrección del Señor (para descargar).



sábado, 4 de abril de 2015

Resurrección, Parusía y revelaciones privadas

La Resurrección del Señor, que celebraremos esta noche en la Vigilia Pascual, nos recuerda que Cristo es el primero de los resucitados, y que nosotros también resucitaremos, porque Él nos ha abierto las puertas de la Vida Nueva.


Nuestra resurrección tendrá lugar cuando vuelva el Señor ─afirma el Catecismo de la Iglesia Católica─: “¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Jn 6, 39  - 40. 44. 54; Jn 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: "El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar" (1Ts 4, 16)” (CEC, n. 1001).

A propósito de la Resurrección del Señor y de su Segunda Venida, nos parece oportuno recordar algunos principios fundamentales sobre el valor de las revelaciones privadas, como las que recibieron las videntes de Garabandal entre los años 1961 y 1965.

En primer lugar, hay que tener presente lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos” (CEC, n. 66). En este sentido, la función de las revelaciones privadas “no es la de "mejorar" o "completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia” (CEC, n. 67).

San Juan de la Cruz expresa admirablemente esta verdad: "Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad" (Subida del Monte Carmelo, 2, 22).

Es una llamada para evitar la curiosidad o el afán de novedades que fácilmente se nos puede meter, si no estamos vigilantes.  

También es interesante tener en cuenta lo que dice Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica Verbum Domini (30-IX-2010) acerca de las revelaciones privadas las negritas son nuestras): “El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto carácter profético (cf. 1Ts 5, 19-21) y prestar una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe, esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la salvación” (VD, n. 14).

Específicamente, respecto al discurso escatológico que Jesús pronunció durante su última semana de vida, en Jerusalén, en el que anuncia el fin del mundo, el retorno del Hijo del Hombre y el Juicio universal, el papa Benedicto XVI dice lo siguiente, relacionándolo con las revelaciones privadas (la cita es larga y densa, pero vale la pena leerla despacio; las negritas son nuestras):

“Llama la atención que este texto esté en gran parte entretejido con palabras del Antiguo Testamento, en particular del Libro de Daniel, pero también de Ezequiel, de Isaías y de otros pasajes de la Escritura. Estos textos están a su vez relacionados entre sí: en situaciones difíciles, las imágenes antiguas son reinterpretadas y desarrolladas ulteriormente; dentro del mismo Libro de Daniel puede observarse un proceso de este estilo, de re-lectura de las mismas palabras en la progresión de la historia. Jesús se adentra en esta forma de «relecture» y, basándose en ello, se puede entender también que la comunidad de los fieles –como hemos ya señalado brevemente– leyera a su vez las palabras de Jesús actualizándolas según las propias situaciones nuevas, conservando naturalmente el mensaje de fondo. Sin embargo, el hecho de que Jesús no hable de las cosas futuras con palabras propias, sino que se refiera a ellas de manera nueva con antiguas palabras proféticas, tiene un sentido más profundo.

Pero primero debemos prestar atención a lo que hay de novedad: el futuro Hijo del hombre, del que había hablado Daniel sin poderle dar un perfil personal (cf. Dn 7, 13s), se identifica ahora con el Hijo del hombre que está hablándoles en el presente a los discípulos. Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un carácter personalista: en su centro entra la persona misma de Jesús, que une íntimamente el presente vivido con el futuro misterioso. El verdadero «acontecimiento» es la persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. En esta persona el porvenir está ahora aquí. El futuro, a fin de cuentas, no nos pondrá en una situación distinta de la que ya se ha creado en el encuentro con Jesús.

Así, al centrar las imágenes cósmicas en una persona, en una persona actualmente presente y conocida, el contexto cósmico se convierte en algo secundario, y también la cuestión cronológica pierde importancia: en el desarrollo de las cosas físicamente mensurables, la persona «es», tiene su «tiempo» propio, «permanece».

Esta relativización de lo cósmico, o mejor, su concentración en lo personal, se muestra con especial claridad en la palabra final de la parte apocalíptica: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). La palabra, casi nada en comparación con el enorme poder del inmenso cosmos material, un soplo del momento en la magnitud silenciosa del universo, es más real y más duradera que todo el mundo material. Es la realidad verdadera y fiable, el terreno sólido sobre el que podemos apoyarnos y que resiste incluso al oscurecerse del sol y al derrumbe del firmamento. Los elementos cósmicos pasan; la palabra de Jesús es el verdadero «firmamento» bajo el cual el hombre puede estar y permanecer.

Esta concentración personalista, más aún, esta transformación de las visiones apocalípticas, que se corresponde sin embargo con la orientación interior de las imágenes veterotestamentarias, es la verdadera especificidad en las palabras de Jesús sobre el fin del mundo: esto es lo que cuenta en este asunto.

Con esto podemos comprender también por qué Jesús no describe el fin del mundo, sino que lo anuncia con palabras ya existentes del Antiguo Testamento. El hablar del futuro con palabras del pasado pone este discurso a resguardo de cualquier vinculación cronológica. No se trata de una nueva formulación de la descripción del porvenir, como sería de esperar de los adivinos, sino de insertar la visión del futuro en la Palabra de Dios, que ya se nos ha dado, y cuya estabilidad por un lado, y sus potencialidades abiertas por otro, resultan de este modo evidentes. Queda claro que la Palabra de Dios de entonces ilumina el futuro en su significado esencial. No ofrece, sin embargo, una descripción del futuro, sino que nos muestra solamente el camino recto para ahora y para el mañana.

Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles (cf. Lc 17, 20) y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos” (Jesús de Nazaret II, 3, 2).

Todo esto que afirma el papa Benedicto XVI, nos parece que no descalifica a quienes, tomando pie de la Sagrada Escritura, las revelaciones privadas e incluso de la ciencia de la astronomía sagrada (como hace por ejemplo, con mucha seriedad, Antonio Yagüe en sus escritos y videos; ver su canal deYouTube), procuran desvelar los tiempos y circunstancias de los sucesos relacionados con la Parusía del Señor.

Sin embargo, las palabras del papa sí nos ponen en guardia para evitar la curiosidad superficial, y nos animan a vivir “muy en presente” buscando siempre lo primero: seguir a Jesús muy de cerca con nuestra oración y nuestro sacrificio, nuestra vida de fe, y nuestra participación en su Vida a través de los Sacramentos, especialmente de la Sagrada Eucaristía. Y todo esto, con la imprescindible ayuda de Nuestra Señora, que es nuestra Madre y está cerca de cada uno para protegernos con solicitud maternal.


sábado, 28 de marzo de 2015

500° aniversario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús

El miércoles 28 de marzo de 1515, a las 5 de la mañana, nació Teresa de Cepeda y Ahumada (Santa Teresa) en Gotarrendura, Ávila. Era hija de Don Alonso Sánchez de Cepeda, hijo de Juan Sánchez, un judío toledano, converso y buen comerciante, que se traslada a vivir a Ávila donde se casa su hijo (don Alonso), primero con Doña Catalina del Peso y luego fallecida ella, en segundas nupcias con Doña Beatriz Dávila de Ahumada y de las Cuevas.


Su padre, escribió en su diario las siguientes palabras, el día en que nació su hija Teresa:

“Hoy 28 de marzo de 1515, nació Teresa mi hija, a las cinco de la mañana. Su mamacita Beatriz está cumpliendo en este día sus veinte años. Gobierna el país el rey Fernando el Católico. Regente es el Cardenal Cisneros. Es el según año del Pontificado del Papa León X”.

Es bonito leer lo que dice Santa Teresa de sus padres, y cómo manifiesta su gran admiración y cariño hacia ellos:

“Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad, y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera”.

Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella, porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo que vivió. Murió muy cristianamente”.

También habla muy bien de sus hermanos. Su padre enviudo con dos hijos, Juan y María. Luego se casó y tuvo nueve hijos de su segunda esposa: Hernando, Rodrigo, Teresa, Juan (de Ahumada), Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana.

“Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo, aunque era la más querida de mi padre. Y antes que comenzase a ofender a Dios, parece tenía alguna razón; porque yo he lástima cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Señor me había dado y cuán mal me supe aprovechar de ellas”.

Santa Teresa es una de las grandes santas españolas. ¿Qué tiene esta mujer que, cuando nos vemos ante su obra, quedamos avasallados y rendidos? ¿Qué fuerza motriz, qué imán oculto se esconde en sus palabras, que roban los corazones? ¿Qué luz, qué sortilegio es éste, el de la historia de su vida, el del vuelo ascensional de su espíritu hacia las cumbres del amor divino?

Habría que decir tanto de ella. Ahora nos limitamos a reproducir una de sus poesías.

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
sólo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mi?

Dadme, pues, sabiduría,
o por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí o allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
sólo vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

> Se puede ver también ver el texto de la catequesis de Benedicto XVI sobre SantaTeresa (cfr. Audiencia del 2 de febrero de 2011).



sábado, 21 de marzo de 2015

Cuaresma y Esperanza

La Primera Lectura (Jer 31, 31-34) del Quinto Domingo de Cuaresma, que meditaremos mañana, nos da pie para reflexionar sobre la esperanza que tenemos los cristianos en el Tiempo Cuaresmal.

frontal altar Esquiú-Cataluña x.XII

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (…).Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: "Reconoce al Señor." Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados» (cfr. Jer 31, 31-34).

El año pasado, en la Fiesta de Cristo Rey, don José María Iraburu, sacerdote, doctor en teología y escritor, publicó un artículo  en su blog “Reforma o apostasía” titulado “La victoria final de Cristo: Parusía -y II”, en el que, al final, se pregunta lo siguiente:

“¿Hubieran podido los judíos salir de Egipto, y atravesar el desierto caminando cuarenta años, si casi nunca les hablara nadie de la Tierra Prometida? ¿Podrá el pueblo cristiano realizar su éxodo del mundo secular, como Dios manda, si no le hablan con frecuencia de la Parusía del Señor, de los cielos nuevos y la nueva tierra?…”.

Efectivamente, la Cuaresma nos recuerda los 40 años que pasaron los israelitas en el desierto, de camino a la Tierra Prometida. Lo que les mantenía constantes en su larga travesía era la esperanza de llegar a la meta, la tierra de sus Padres, de Abraham, Isaac y Jacob. Yahvé les había prometido ser su Dios. Ellos eran su Pueblo. Sabían que en Israel estaba el futuro de su Nación, recién fundada en el Monte Horeb.

También así, nosotros vamos caminando hacia nuestra Verdadera Patria: “non enim habemus hinc manentem civitatem, sed futuram inquirimus” (Rm 14, 8): “No tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos una futura”. Por eso, es importante hablar con frecuencia de la Parusía del Señor, de su Segunda Venida a la Tierra.

Reproducimos el artículo de don José María Iraburu (con las modificaciones que él mismo hace en otro artículo más reciente), en el que hace un análisis de la Parusía. Recomendamos revisar el índice de sus artículos, publicados en “Reforma y apostasía”.

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–La Parusía ha sido falsificada en una visión secularista, como puede apreciarse, por ejemplo, en Teilhard de Chardin. El padre Castellani asegura: «No hay una sola idea original en Telar Chardín, hay sólo una terminología nueva, bastante pedante: “la biósfera”, “la antropósfera”, “la noósfera”, “el Punto Omega” –que es el fin de la Evolución y es Dios– […] San Pablo en 1 Timoteo 4,1-2.7 [afirma que] “el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas… Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas» (Domingueras prédicas, 1966, dom. 17 post Pentec.). «Evidentemente hay una apostasía parcial o un comienzo de apostasía en todo el mundo» (ib. 1961, dom. 19 post Pentec.). Y sigue:

«Teilhard de Chardin sostiene que la Parusía o Retorno de Cristo no es sino el término de la evolución darwinística de la Humanidad que llegará a su perfección completa necesariamente en virtud de las leyes naturales; porque la Humanidad no es sino “el Cristo colectivo”… Pone una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos “progresistas”, como Condorcet, Augusto Compte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención de Dios en la Historia» (El Apokalipsis de San Juan, ed. Paulinas 1963, cuad. III, exc. N). Pero nosotros, dejando a un lado acerca de la Parusía todas estas «fábulas y cuentos de viejas», recordemos el Credo de la Iglesia:

–Cristo resucitado «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Es palabra angélica y evangélica: «este Jesús que os ha sido arrebatado al cielo vendrá de la misma manera que le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11).

El Catecismo de la Iglesia confiesa de la parusía (668-679) que Jesucristo, ya desde la Ascensión, «es el Señor del cosmos y de la historia… “Estamos ya en la última hora” (1Jn 2,18). El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable». Sin embargo, el Reino de Dios, presente ya en la Iglesia, no se ha consumado todavía con el advenimiento del Rey sobre la tierra, y sufre al presente los ataques del Misterio de iniquidad, que está en acción (2Tes 2,7). Pero ciertamente «el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente. Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento» (673).

La segunda venida de Cristo no se producirá por haber llegado la Iglesia en el mundo a un florecimiento universal. Todo lo contrario.

La segunda venida de Cristo, en gloria y poder, vendrá precedida por la conversión de Israel, según anuncia Cristo, y también San Pedro y San Pablo (Mt 23,39; Hch 3,19-21; Rm 11,11-36). Y vendrá también precedida de grandes tentaciones, tribulaciones y persecuciones (Mt 24,17-19; Mc 14,12-16; Lc 21,28-33). Muchos cristianos caerán en la apostasía. Enseña el Catecismo: «La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de nume­rosos creyentes (cf. Lc 18,8; Mt 24,9-14). La persecución que acompaña a la peregrinación de la Iglesia sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará “el Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que propor­cionará a los hombres una solución aparente a sus problemas, mediante el precio de la apostasía de la ver­dadLa impostura religiosa suprema es el Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo, colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Tes 2,4-12; 1Tes 5,2-3; 2Jn 7; 1Jn 2,18.22)» (n.675). Ese enorme engaño tendrá «la  forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso”» (676).

«El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (Ap 13,8), en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desen­cadenamiento del mal (Ap 20,7-10). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (Ap 20,12), después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (2Pe 3,12-13)» (677). 

–Cristo, «mientras esperamos su venida gloriosa», reina actualmente en la historia. Vive y reina por los siglos de los siglos, y muestra su dominio, sujetando cuando quiere y del modo que quiere a la Bestia mundana, que recibe toda su fuerza y atractivo del Dragón infernal.

Ateniéndonos sobre todo al Apocalipsis, recordemos que estas victorias de Cristo en la historia

no son crueles y destructoras, sino plenas de gracia y mi­sericordia. Él no ha sido enviado a condenar, sino a salvar a los pecadores. Él ha sido enviado como luz del mundo, y la luz ilumina las tinieblas, no las destruye.

–son victo­rias siempre realizadas  por la afirmación de la verdad en el mundo, es decir, con «la espada que sale de su boca» (Ap 1,16; 2,16; 19,15.21; cf. 2Tes 2,8). Es así como vencen Cristo y su Iglesia.

–no son victorias obtenidas por un ejército de superhombres, que luchando como campeones poderosos, con grandes fuerzas y medios, se imponen y prevalecen, aplastando las fuerzas mundanas del mal. Es todo lo contrario: Cristo vence al mundo a través de fieles suyos débiles y pobres, que permanecen en la humildad (cf. 1Cor 1,27-29; 2Cor 12,10). Si Cristo vence al mundo muriendo en la cruz, ésa es tam­bién la victoria de sus apóstoles, la victoria de los dos Testigos, y la de todos los fieles cristianos (Ap 11,1-13). Así es como la Iglesia primera venció al mundo romano, igual que San Pablo: «muriendo cada día» (1Cor 15,31).

«las oraciones de los santos» son las que principalmente provocan las interven­ciones más poderosas del cielo sobre la tie­rra. Es la oración de todo el pueblo cristiano la que, eleván­dose a Dios por manos de sus ángeles, atrae sobre todos la justicia salvadora de nuestro Señor Jesucristo (Ap 5,8; 8,3-4).

en la historia del mundo, únicamente son fieles aquellos cristianos que son mártires, porque no aceptan que el sello de la Bestia mundana «imprima su marca en su mano derecha y en su frente» –en su acción y su pensamiento–. Precisamente porque «guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17), por eso son perseguidos y marginados del mundo, donde «no pueden comprar ni vender» (13,16).

–La Parusía, la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, según nos ha sido revelado,

vendrá precedida de señales y avisosque justamente cuando se cumplan revelarán el sentido de lo anunciado. Por eso únicamente los más atentos a la Palabra divina y a la oración podrán sospechar la inminencia de la Parusía: «no hará nada el Señor sin revelar su plan a sus siervos, los profetas» (Am 3,7):

«habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por el bramido del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21,25-27).

vendrá precedida del Anticristo, que producirá una inmensa difusión de errores, como nunca la Iglesia la había experimentado en su historia. Dice Castellani:

«El Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo quefomentará una falsa IglesiaMatará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación delApokalypsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habráverdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos, porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado»  (El Apokalipsis de San Juan, cuad. III, visión 11).

será súbita y patente para toda la humanidad: «como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre… Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra [que vivían ajenas al Reino o contra él], y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande» (Mt 24,27-31).

será inesperada para la mayoría de los hombres, que «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban» (Lc 17,28), y no esperaban para nada la venida de Cristo, sino que «disfrutando del mundo» tranquilamente, no advertían que «pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,31). Pero vosotros «vigilad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor… Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44). «Vendrá el día del Señor como ladrón» (2Pe 3,10).

El siervo malvado, habiendo partido su señor de viaje, se dice: «mi amo tardará», y se entrega al ocio y al vicio. Pero «vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a la hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas; allí habrá llanto y crujir de dientes» (Mt 24,42-50). «Estad atentos, pues, no sea que se emboten vuestros corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente, venga sobre vosotros aquel día, como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,34-35). Todos los cristianos hemos de vivir siempre como si la Parusía fuera a ocurrir mañana mismo o pasado mañana. 

***

–«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido». Y dijo el Señor entonces: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,1.5)… Entonces «las naciones [antes paganas] caminarán a su luz, y los re­yes de la tierra [antes hostiles] irán a llevarle su esplendor» (21,24). Así como el hombre muere, se corrompe, y gracias a Cristo resucita glorioso en alma y cuerpo, de modo semejante, todas las criaturas que, oprimidas por el pecado de la humanidad, gimen con dolores de parto, «serán liberadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,19-23). «Nosotros, pues, esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, donde habitará la justicia, según la promesa del Señor» (2Pe 3,13).

Vigilad, orad, mirad al cielo, esperando la Parusía del Señor«Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3,1-2). El Santo Cura de Ars exhortaba: «consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro» (De una catequesis sobre la oración). Respice finem, decía el adagio romano.

Mirad siempre al fin de todo, y podréis poner en vuestra vida presente losmedios más verdaderos y útiles, más buenos y bellos, para llegar a ese fin. Cuanto más miréis al cielo, más lucidez y fuerza tendréis para transformar el mundo presente. Así lo ha demostrado la Iglesia en tantos pasos de su larga historia. Como también ha demostrado que cuanto menos piensan los cristianos en la Parusía y en el cielo, más torpes e imbéciles se hacen para influir en el mundo y mejorarlo. En cuanto cristianos, no valen en el mundo para nada. Son luz apagada, son sal desvirtuada, que solo sirve para que la pisen los hombres. Por el contrario, que a vosotros «el Dios de la esperanza os llene de plena alegría y paz en la fe, para que abundéis en la esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13). 

sábado, 14 de marzo de 2015

El Sacramento de la Penitencia trae sosiego al alma

El Evangelio del Cuarto Domingo de Cuaresma (Ciclo B) recoge unas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo, en Jerusalén, durante la Primera Pascua de su Vida pública (cfr. Jn 3, 14-21).



Son las siguientes: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

En 2012, Benedicto XVI comenta este texto en el Ángelus del 18 de marzo. Previamente, nos recordaba que la Cuaresma es un tiempo para escuchar más la voz de Dios y para desenmascarar las tentaciones que hablan dentro de nosotros. Estas dos tareas son esenciales para la conversión.

Jesús nos indica cómo podemos escuchar su voz y tener claridad dentro del alma: mirando a la Cruz, que se vislumbra en el horizonte de la Cuaresma. La Cruz de Cristo es “fuerza para la debilidad, gloria para el oprobio, vida para la muerte” (San León Magno).

La Cruz de Cristo es el culmen de la misión del Señor y la cumbre del amor que nos da la salvación.

En el capítulo 12 de su Evangelio, san Juan recoge las palabras que el Señor dirigió a unos griegos que querían verle: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre (…). Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será  echado fuera. Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 23.31-33).

Por lo tanto, para convertirse, hay que mirar a Cristo en la Cruz: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12, 10). Hay que mirarle despacio y pedirle que sepamos escuchar su voz y recibir su luz para conocernos y para conocerle (“gnoverim me  gnoverim te”: “que me conozca y que te conozca”, dice San Agustín).

Este es el contenido de la conversión que buscamos en la Cuaresma, fruto de una fe más viva y de un arrepentimiento más profundo y sincero.

Haremos lo mismo que hicieron los israelitas en el desierto cuando, por sus pecados, fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce quedaba curado (cfr. Num 21, 4-9).

“También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. "Porque Dios –escribe san Juan– no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 17)” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-III-2012).

Jesús es Médico Divino. Viene a curar las llagas de nuestros pecados. Pero, antes, hemos de reconocer que estamos enfermos: confesar nuestros pecados, como lo hizo el hijo pródigo cuando se dio cuenta de que vivía alejado de la verdad y se decide volver a la casa de su padre: “Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 21). «Alguno podrá decir: ¡pero es muy costoso admitir los propios pecados, y confesarlos! Sí, pero del reconocimiento de la enfermedad procede la curación» (Tertuliano, De poenitentia, VIII, 4-X).

“A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y la verdadera alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Es importante, por tanto, acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, especialmente en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-III-2012).

El sacramento de la reconciliación es la fuente del perdón; el sacramento de la alegría; paz para nuestras almas; aire fresco, agua clara. Es el abrazo del Padre bueno que nos esperaba desde largo tiempo atrás y que nos cubre de besos cuando nos ve llegar desde lejos. Es colirio, es la vestidura blanca, es la piedrecita blanca, el lucero matutino. La Confesión es una de las huellas que dejó Jesucristo en la tierra. ¿Cómo no amar y agradecer profundamente este Don del Dios de la Misericordia?

«Al parecer, la incomodidad de los hombres de hoy radica en la humillación que experimenta al mostrar al vivo su propia suciedad aunque tan solo sea al confesor en el sacramento. Es humillante, sin duda. Pero solo hasta cierto punto, y además es justo que así sea. La confesión vocal de los pecados viene a ser ya un acto de penitencia con el que comienza la reparación. Ir al sacerdote, agachar la cabeza, comerse el orgullo y el amor propio y acusarse de los pecados uno a uno, esa es la expresión de la sinceridad y autenticidad del aborrecimiento del pecado» (F. Suárez, La paz os dejo, p. 160-1).

San Juan Pablo II describe muy bien la soledad del pecador delante de Dios: «Ante todo —dice el Papa—, hay que afirmar que nada es más personal e íntimo que este Sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede pedir perdón en su nombre. Hay una cierta soledad del pecador en su culpa, que se puede ver dramáticamente representada en Caín, con el pecado “como fiera acurrucada a su puerta”, como dice tan expresivamente el Libro del Génesis, y con aquel signo particular de maldición, marcado en su frente; o en David, cuando toma conciencia de la condición a la que se ha reducido por el alejamiento del padre y decide volver a él: todo tiene lugar solamente entre el hombre y Dios» (Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia, n.31).

Recordemos, por último, la oración de san Juan Pablo II delante de la Virgen de Guadalupe en su primer viaje a México: «Esperanza nuestra —le decía—, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra» (Juan Pablo II, Oración a la Virgen de Guadalupe, 1979).



sábado, 7 de marzo de 2015

Los preceptos de la Ley y la sabiduría de la Cruz

El Decálogo está contenido en dos lugares de la Sagrada Escritura: Ex 20, 1-17 (cfr. Primera Lectura del Tercer Domingo de Cuaresma) y Dt 5, 6-21.


Ningún otro cuerpo legal del Pentateuco se repite dos veces. Esto nos da idea de la importancia que tiene el Decálogo en la Torá.

Efectivamente, como afirma Santo Tomás de Aquino, en los preceptos del Decálogo (los 10 Mandamientos) está recogidos los preceptos de la Ley Natural, tanto los universales como los particulares.

La Ley Natural es la participación de la Ley Eterna en la creatura racional. Dios ha diseñado las leyes morales de su Creación y las ha grabado en la conciencia del hombre. Todo hombre nace con esta especie de “instructivo” impreso en el alma, de modo que tiene en sí, inscrita, la Ley de Dios.

Lo que pasa es que el pecado original ha oscurecido esa Ley en nuestra conciencia y, a veces, no es fácil acertar entre el bien y el mal. Por eso es necesaria la Gracia, que sana nuestra naturaleza caída.

El Decálogo es Ley de liberación. Normalmente, en los pueblos antiguos, los que perdían una guerra quedaban sometidos al enemigo que le imponía su ley y sus preceptos. En el caso de Israel, el origen de su ley es la liberación de la esclavitud que habían tenido en Egipto.

Por eso, los israelitas cumplían la Ley con un espíritu de libertad, aunque todavía no plena. Tendría que llegar Cristo e instaurar la plenitud de la Ley, la Ley Nueva de Amor y Libertad; la ley, no de mínimos, sino de máximos: de abundancia de misericordia y de generosidad, por parte de Dios; y de respuesta llena de amor y de entrega por parte del hombre.

Cristo cumplió toda la Ley de Moisés (preceptos morales ─Decálogo─, judiciales y ceremoniales) porque no vino a abolir la Ley sino a darle cumplimiento.

Jesús perfeccionó la Ley. A partir de Él, quedaron abolidos los preceptos judiciales y ceremoniales, pero no los morales (Decálogo).

Aunque han de mantenerse los diez mandamientos, tal como están en la Sagrada Escritura, podemos intentar hacer un resumen de ellos, para recordar lo principal de su enseñanza, con más facilidad. En este sentido, podemos señalar cinco grandes mandamientos que son síntesis del Decálogo:

1° El Amor, adoración y alabanza a Dios: este mandamiento es el primero y está por encima de los demás. Operi Dei nihil praeponatur, reza la regla benedictina: Que nada se anteponga a la obra de Dios, es decir, al culto que debemos a Dios (especialmente en la Liturgia, y en el Culto Eucarístico).

2° El Amor al prójimo (el Mandamiento nuevo de la Caridad): un amor ordenado (la familia, los amigos, los conocidos, etc.), que se extiende a toda la humanidad, al respeto por la vida y el bien de todos los hombres.

3° El recto uso de la sexualidad dentro del matrimonio: mandamiento especialmente importante en nuestro mundo, lleno de hedonismo, de banalización del sexo y de transgresiones continuas debidas a la falta de aprecio a la virtud de la pureza cristiana.

4° El amor a la verdad: que se opone a la mentira reinante en el mundo, a la corrupción y el engaño generalizado en el que vive el hombre moderno.

5° El desprendimiento de los bienes terrenos: también grandemente necesario en nuestro mundo consumista, tecnificado, que sólo busca el bienestar material y en el que el dinero dirige a la mayoría de los hombres.

Jesucristo vino a fundar la Nueva Ley mediante la Cruz, que es Sigo Más. Sólo con la Sabiduría de la Cruz se pueden superar los peligros de la mundanización.

"Nosotros predicamos a Cristo crucificado –escribe el Apóstol a los cristianos de Corinto–, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Co 1, 23-24).

La Cruz es escándalo (obstáculo) para los judíos, porque no pueden aceptar que todo un Dios se haga hombre y muera crucificado (cfr. Segunda Lectura: 1 Co 1, 22-25).

La Cruz es necedad o locura para los gentiles (los griegos) porque ningún hombre que utilice su razón (dicen ellos) puede concebir que otro hombre muera innecesariamente si es posible salvarse.

Sólo la Lógica del Amor (de la Cruz) puede adherirse a la Fe de Jesucristo, como dice San Pablo: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20).

Stat Crux dum volvitur orbis” (lema de los cartujos). Mientras todo da vueltas, sólo la Cruz permanece.

“La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es "poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (1Co 2, 14 - 25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza" y manifestó "la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes" (Ef 1, 19 - 22)” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 272).

Jesús, al expulsar a los mercaderes del Templo (cfr. Evangelio: Jn 2, 13-25), no utiliza la violencia, tal como la entendemos nosotros ahora. Lo que está haciendo es mostrar con fortaleza, por medio de este signo profético, que los mercaderes no santifican el Templo, sino lo profanan, convirtiéndolo en una cueva de ladrones, y yendo en contra de la Ley.

Pero ese Templo, que es el recinto de la Ley, donde estaban las Tablas de la Ley, quedará destruido, pues el Verdadero Templo es el Cuerpo de Cristo, que morirá, pero al tercer día resucitará. Cristo es el Nuevo Templo, de tal modo que, a partir de su Resurrección, los hombres adorarán a Dios en espíritu y verdad

La Cruz es el Signo Triunfador, del Final de los Tiempos: “La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26 - 39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus" ("Dios reinó desde el madero de la Cruz", himno "Vexilla Regis")” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 550).