sábado, 27 de septiembre de 2014

Beatificación de Don Álvaro del Portillo

En el Domingo XXVI durante el año, que celebraremos mañana, la Iglesia nos recuerda que los deseos de conversión deben traducirse en obras de fidelidad. Hoy, en Madrid, será beatificado Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor, como Prelado del Opus Dei, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, y ejemplo de sacerdote fidelísimo a la vocación y misión recibidas.


Estas son las Lecturas de la Misa:

Ez 18, 25-28. Cuando el malvado se convierta de su maldad, salvará su vida.
Sal 24. Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.
Flp 2, 1-11. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
Mt 21, 28-32. Recapacitó y fue.

Si el malvado, dice el profeta Ezequiel, se convierte de sus malas acciones y obra el bien, no morirá, sino que vivirá.

Todo comienza por los deseos de conversión. Pero, si son sinceros, se manifestarán en las obras buenas. El hombre saca del tesoro de su corazón todo lo bueno. Podemos conocer a un árbol bueno si da frutos buenos. Son enseñanzas de Cristo (ver Primera Lectura).

No es suficiente tener buenas intenciones, se precisan las obras. La palabra de Dios afirma que el desorden moral lleva al hombre a la ruina. No es suficiente, en orden a la salvación, una adhesión puramente verbal, sino que es necesaria una actitud coherente, encarnada y verificada en la acción.

Pablo traza un plan de actitudes para tener los mismos sentimientos de Cristo, que le llevan a obedecer a su Padre y morir en la Cruz por amor (ver Segunda Lectura).

En la Iglesia el sí en palabras y acciones tiene valor de vida eterna (ver Evangelio).

Hoy, en Madrid, el Cardenal Angelo Amato presidirá la ceremonia de Beatificación de Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Se pueden aplicar a él las palabras de la Sagrada Escritura: “Vir fidelis multum laudabitur” (Prov 28, 20). “El varón fiel será grandemente alabado”.

Así comienza el Decreto de la Congregación de las Causas de los Santos (28 de junio de 2012) que daba paso libre a su beatificación. Reproducimos a continuación, algunos párrafos del mismo, porque nos parece que es un gran motivo de acción de gracias, tener en el Cielo, un intercesor como don Álvaro.  

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Vir fidelis multum laudabitur (Prov 28, 20). Estas palabras de la Escritura manifiestan la virtud más característica del Obispo Álvaro del Portillo: la fidelidad. Fidelidad indiscutible, sobre todo, a Dios en el cumplimiento pronto y generoso de su voluntad; fidelidad a la Iglesia y al Papa; fidelidad al sacerdocio; fidelidad a la vocación cristiana en cada momento y en cada circunstancia de la vida.

«La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor», ha dicho el Papa Benedicto XVI (Homilía en Fátima, 12-V-2010). El Siervo de Dios ha sido ejemplo de caridad y de fidelidad para todos los cristianos. Encarnó plena, ejemplar e íntegramente sin retazos ni excepciones, el espíritu del Opus Dei, que llama a los cristianos a buscar la plenitud del amor a Dios y al prójimo a través de los deberes ordinarios que forman la trama de nuestras jornadas. «Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo»: se puede decir que esta es la descripción más exacta de la intensísima actividad desplegada por el Siervo de Dios primero como ingeniero, después en el ministerio sacerdotal y, finalmente, como Obispo. Prodigó sus energías en todas las tareas que realizó, convencido de que cada una constituía un instrumento con el que podía colaborar en la misión salvífica de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació en Madrid, el 11 de marzo de 1914, tercero de ocho hijos en un hogar cristiano. Fue doctor en ingeniería de caminos, en historia, y en derecho canónico. En 1935, a los 21 años, pidió la admisión en el Opus Dei. Pronto fue el colaborador más estrecho de San Josemaría. El 25 de junio de 1944 fue ordenado sacerdote y desde entonces se entregó con generosidad al ejercicio del ministerio sagrado. El mismo día de su ordenación, el Fundador lo eligió como confesor. En 1946 se estableció en Roma para ayudar a San Josemaría en el gobierno y en la expansión del Opus Dei (…).

El 15 de septiembre de 1975 fue elegido primer sucesor de San Josemaría al frente del Opus Dei. La continuidad en la aplicación de las enseñanzas del Fundador fue el punto central de su programa de gobierno, y puso todos los medios para alcanzar un objetivo especialmente preparado por San Josemaría: la configuración canónica adecuada al carisma fundacional del Opus Dei, que se obtuvo el 28 de noviembre de 1982, cuando el Beato Juan Pablo II erigió el Opus Dei como Prelatura personal y nombró Prelado a Álvaro del Portillo. El 6 de enero de 1991 recibió la ordenación episcopal de manos del Papa. En la madrugada del 23 de marzo de 1994, apenas unas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, el Señor lo llamó a Sí. Ese mismo día, el Beato Juan Pablo II acudió a rezar ante los restos mortales del Siervo de Dios y, tras orar en silencio, recitó en voz alta la Salve Regina.

La actividad de Álvaro del Portillo en el gobierno del Opus Dei se caracterizó también por el celo pastoral, encaminado a la expansión de los apostolados de los fieles de la Prelatura al servicio de la Iglesia. Durante los 19 años que dirigió la Obra, se comenzó la labor apostólica estable en 20 nuevos países (…).

La dedicación del Siervo de Dios al cumplimiento de la misión que había recibido estaba radicada en un profundo sentido de la filiación divina, que le llevaba a buscar la identificación con Cristo en un abandono confiado a la voluntad del Padre, lleno de amor por el Espíritu Santo, constantemente inmerso en la oración, fortificado por la Eucaristía y por una tierna devoción a la Santísima Virgen María.

Dio pruebas de heroísmo en el modo como afrontó las enfermedades –en las que veía la Cruz de Cristo–, el periodo que transcurrió en la cárcel durante la persecución religiosa en España (1936-1939) y los ataques que sufrió por su fidelidad a la Iglesia. Era hombre de profunda bondad y afabilidad, capaz de transmitir paz y serenidad a las almas. Nadie recuerda un gesto poco amable de su parte, el menor movimiento de impaciencia ante las contrariedades, una palabra de crítica o de protesta por alguna dificultad: había aprendido del Señor a perdonar, a rezar por los perseguidores, a abrir sacerdotalmente sus brazos para acoger a todos con una sonrisa y con cristiana comprensión.

Su amor a la Iglesia se manifestaba en la plena comunión con el Romano Pontífice y los Obispos: fue un hijo fidelísimo del Papa, con una adhesión indiscutida a su persona y a su magisterio. Su vivísima solicitud por los fieles del Opus Dei, la humildad, la prudencia y la fortaleza, la alegría y la sencillez, el olvido de sí y el ardiente deseo de conquistar almas para Cristo –reflejado en su lema episcopal: Regnare Christum volumus!– son aspectos que se unen para componer su retrato de Pastor (…).

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, después de haber recibido del infrascrito Cardenal Prefecto una relación diligente de todo lo que se acaba de exponer, acogiendo y ratificando los pareceres de la Congregación de las Causas de los Santos, en fecha de hoy ha declarado solemnemente: Constan las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, así como las virtudes cardinales de la Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza, con las otras anejas, en grado heroico, y la fama de santidad del Siervo de Dios Álvaro del Portillo y Diez de Sollano, Obispo titular de Vita, Prelado de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, en el caso y para los efectos de que se trata.

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto sea hecho público y se incluya en las Actas de la Congregación de las Causas de los Santos”.

Dado en Roma, el 28 de junio de 2012.
Angelus Card. Amato, S.D.B.
Prefecto
L. + S.
+ Marcellus Bartolucci
Arzobispo titular de Bevagna
Secretario

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sábado, 20 de septiembre de 2014

Dios es clemente y rico en misericorda

La Misericordia de Dios, su infinito Amor y Generosidad con los hombres es el tema de las Lecturas del Domingo XXV durante el año, Ciclo A.


Las Lecturas son las siguientes:  

Is 55, 6-9. Mis planes no son vuestros planes.
Sal 144. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Flp 1,20c-24. 27a. Para mí, la vida es Cristo.
Mt 20, 1-16. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

"Mis caminos no son vuestros caminos". No podemos reducir a Dios a nuestros esquemas. Los caminos y los pensamientos de Dios no son los de los hombres. Nuestro Dios es rico en piedad y desea que le invoquemos cuando esté cerca, es decir, siempre, porque Él siempre está cerca de nosotros: a nuestro lado, en nuestro interior. (cfr. Primera Lectura).

Cerca está el Señor de los que lo invocan” (cfr. Salmo). Jesús está cerca. Somos nosotros los que no queremos abrirnos a Él. Si lo invocamos, siempre nos responderá, de una manera u otra. A veces notaremos muy claramente su respuesta. Otras veces notaremos más el silencio de Dios. Es el momento de avivar nuestra fe y esperar pacientemente a que Él se manifieste, cómo y cuándo quiera.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (ver Salmo). Dios responde especialmente si reconocemos que somos pecadores, nos arrepentimos y le pedimos perdón. Entonces, vierte su Misericordia en nuestro corazón con infinita clemencia. Basta eso: ser sinceros y decir: “pequé, Dios mío; contra ti sólo he pecado; mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 50), como el rey David.

San Pablo, nos confía un dilema personal. No sabe qué pedir al Señor. Desearía morir, para estar con Cristo definitivamente. Pero también se da cuenta de que su presencia entre las comunidades cristianas es muy conveniente, para continuar alentando a todos hacia la santidad. Por eso dice que lo importante es que llevemos una vida digna del Evangelio de Cristo. ¿Cómo? Dejando en Dios nuestro futuro. Él sabe más y su Providencia irá guiando nuestra vida según sus planes. Las decisiones más importantes no están en nuestras manos. Sólo aceptando plenamente los designios inescrutables de Dios seremos felices (cfr. Segunda Lectura).

En el Evangelio de la Misa, escuchamos a Jesús que nos propone la parábola de los jornaleros que van a la viña a trabajar, a distintas horas del día. El dueño de la viña da a cada uno su jornal: un denario. Es el mismo para quienes han soportado todo el día el peso del calor, que para los llegados a última hora. A los primeros les parece injusto que el Señor sea tan generoso con algunos.  

Nuestras relaciones con los demás se miden a base del intercambio y aplicamos esta misma forma al campo religioso. Dios, sin embargo, actúa según criterios de gratuidad (cfr. Evangelio). Él es infinitamente generoso. Se da sin medida. Nosotros somos calculadores, envidiosos. Nos falta tener un corazón más grande y alegrarnos con el bien de los demás y los dones que recibe cada uno, sin compararnos unos con otros.

Sobre la Misericordia, Jesús dijo a Santa Faustina Kowalska, entre otras muchas cosas, las siguientes:

«Cuanto más confía el alma, tanto más alcanza».

«¡Cuánto me hiere la incredulidad del alma que no confía en mi Misericordia! Confiesa que Yo soy Santo y Justo, y no cree que Yo soy la Misericordia. También los demonios creen en mi Justicia, pero no creen en mi Bondad».

«Los cielos y la tierra volverán a la nada antes que faltar mi Misericordia a la llamada de un alma que ha depositado su confianza en Mí».

«Di a las almas que no podrán sacar de esta fuente de mi Misericordia, sino con el vaso de la confianza. No habrá límites para mi generosidad, cuando su confianza sea grande».

«En la hora de la muerte llenaré de mi divina Paz al alma anclada en Mí por la confianza en mi Misericordia».

«Todas las almas que adoren mi Misericordia y propaguen su culto, animando a otras almas en la confianza en mi Misericordia, no experimentarán espanto en la hora de la muerte. Mi Misericordia las protegerá en su última batalla».

Reproducimos, a continuación, algunas frases dichas a Marga por  Jesús y la Virgen, sobre la Misericordia (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul).

“Esta es la Hora, éste es el tiempo destinado por su Infinita Misericordia, éste es el tiempo de vuestra salvación” (De la Virgen, 9-IV-1999).

“Hija, tengo ante Mí el pecado de todos los hombres, y sabe tú que es inmenso, casi infinito. Pero es mi Misericordia la que sí es Infinita, la que puede perdonar todo si esos hombres vuelven a Mí” (Jesús, 5-VII-2001).

“Se abren los Pozos de mi Misericordia: ¡Entrad!, ¡entrad todos! Luego, dentro de poco, serán cerrados. Entrad antes del Día. Luego no podréis arrepentiros, no os será dado, porque vosotros mismos os lo negasteis” (Jesús, 14-VI-2002).

“Yo reservo copiosos tesoros de mi Misericordia para los grandes pecadores arrepentidos” (De Jesús, 24-V-2006).

“Os encontráis en un Tiempo privilegiado de la Iglesia, en el que Su Misericordia se derrama por doquier” (De María, 8-XI-2007).

“Tendré compasión con quien tuvo compasión. Misericordia con quien practicó la misericordia” (De Jesús, 17-VII-2008).

“En la Revelación de la Misericordia divina a Sor Faustina Kowalska, se escenificó las Gracias derramadas sobre el mundo desde mi Sagrado Corazón. Una Devoción a la que Yo acompañé de Gracias especialísimas con un último intento ya de atraer a todos los hombres hacia Mí. Y con ella terminó para este Tiempo la Revelación de mi Sagrado  Corazón” (De Jesús, 16-VII-2008).

sábado, 13 de septiembre de 2014

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Mañana, en muchos lugares del mundo, se celebra la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que sustituye a la liturgia del Domingo XXIV durante el año.


Las Lecturas son las siguientes:

Nm 21, 4b-9. Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Sal 77. No olvidéis las acciones del Señor.
Flp 2, 6-11. Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Jn 3, 13-17. Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

La salvación, la vida y la resurrección proceden del misterio de la Cruz: “salus, vita et resurrectio nostra”.

Sin embargo, la cruz es también escándalo para los judíos, locura para los gentiles…; y, para nosotros mismos, con frecuencia es quizá también motivo  o de escándalo o de locura, de desánimo, de tristeza;  quizá porque no descubrimos  a Jesús en la Cruz,  porque no nos damos cuenta que la cruz es efectivamente  el instrumento, el medio de la salvación, del encuentro con Dios, el camino para la gloria.

No nos debe extrañar. Le sucedió a Pedro cuando quiso apartar al Señor de la Pasión. Jesús tuvo que reprenderlo fuertemente: “Apártate de mí, Satanás”.

Los apóstoles, en diversas ocasiones en que el Señor les anuncia la Pasión no entienden, se quedan con miedo -dice el Evangelio-, y tenían miedo incluso hasta de preguntarle más al Señor sobre esa cuestión.  

En medio del desierto Moisés levantó un estandarte con una serpiente, para que quien hubiera sido mordido por una serpiente pudiera contemplarla y de esta forma se salvara de la muerte (ver Primera Lectura).

Al mismo Jesucristo lo vemos sufriendo lo indecible en Getsemaní: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Ante la repulsa instintiva al sufrimiento, debemos inmediatamente imitar al Señor: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”, con la fe de que la Cruz, como dice San León Magno, “es fuente Señor de todas las bendiciones y causa de todas las gracias”.

En medio del mundo se levanta la cruz de Jesús para que quien la contempla con el corazón contrito y adorante se salve (ver el Evangelio).

Mons. Álvaro del Portillo (1914-1994), que será beatificado en Madrid el próximo 27 de septiembre, fue testigo de cómo, en 1937, San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, sufrió una gran prueba mientras permanecía refugiado con otros en la Legación de Honduras, en el Paseo de la Castellana. Ahí pasó una “noche oscura del alma”, como dice San Juan de la Cruz: una purificación pasiva muy fuerte,  un sufrimiento moral grandísimo. Y, sin embargo, se conservan apuntes de su predicación llenos de esperanza y de confianza en Dios.

Les decía, por ejemplo, a los que estaban con él: “empeñémonos en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor,  porque no basta saber en abstracto -como sabemos- que la alegría la encontramos en la cruz,  que nuestra alegría tiene raíces en forma de cruz. Hay que empeñarse,  con la gracia de Dios,  en ver la gloria y la dicha ocultas en el dolor  para poner siempre buena cara, para reaccionar, quizá en ocasiones, después de un movimiento de disgusto, con una sonrisa, con una sonrisa incluso por fuera pero sobre todo por dentro”.

Cristo, muerto en la cruz, es glorificado por el Padre y es nuestro Señor y Guía (ver Segunda Lectura).

El 15 de septiembre celebraremos la memoria de Nuestra Señora de los Dolores. Contemplamos a María al pie de la cruz, firme, fuerte,  con un dolor inmenso. “¡Cuán grande, cuán heroica en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los “insondables designios de Dios”! ¡Cómo se “abandona en Dios” sin reservas, “prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad” a aquel, “cuyos caminos son inescrutables” (Rm 11,33). Y a la vez ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza! (cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Mater).

Ella nos ayudará. Se lo podemos pedir ahora en nuestra oración a la Virgen, a nuestra Madre. Precisamente Él la declaró Madre nuestra en la Cruz. Jesús nos la entregó como Madre, en la Cruz. Ella nos ayudará a estar también nosotros firmes como Ella, a no desmayarnos,  en la cruz. Muy unidos a su Hijo, a Jesús para -por la solidaridad que tenemos con Él- dar valor de salvación, valor de redención a toda nuestra vida, especialmente a nuestra mortificación a nuestra penitencia, por nosotros y por el mundo entero, por toda la Iglesia. Le podemos decir: “Madre mía, que tu amor  me ate a la Cruz de tu Hijo”.

Reproducimos, a continuación, tres mensaje a Marga: uno de Jesús y otro de la Virgen, sobre la Cruz; y luego uno de la Virgen sobre Garabandal y Medjugorje (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul).

Mensaje de Jesús, del 30 de marzo del 2006
(durante una Exposición ante el Santísimo)

Jesús:
¡Te basta un instante para comprobar que estoy locamente enamorado de ti! Que estos días de desolaciones no han sido más que un Regalo para mi amada, que la amo desde toda la eternidad. ¡Te amo! ¡Te amo! Mi amada ¿acoge el regalo o lo desdeña? ¿Lo tira al suelo? Este es mi Amor, ¿lo quieres? Nada del mundo. Toda mi Cruz. Mi Amor, más allá de la muerte. Aunque mueras. Yo quiero tu muerte, para tener Vida. Muere a ti misma. Muere a tus gustos, a tu idea de la felicidad en la tierra. Acoge mi Regalo. Sólo te pido esto: acoge mi Regalo. Y serás feliz.
¿Qué esperas? Estás esperando otro Regalo de Mí, pero no lo tendrás, porque éste es el Regalo que Yo reservo a mi esposa, a mis almas más queridas: la Cruz. La Cruz en la medida justa que pueda soportar. La Cruz al máximo a su medida.
¿Creías que era otra cosa? Aquí estoy, no me moveré hasta que tú me digas: «¡Sí! Sí, Maestro, y hasta sus últimas consecuencias.» Tedio y horror de la vida tendrás hasta que aceptes tu Cruz. Amor, amor y dolor, felicidad ahora y perpetua por aceptar el Regalo del Esposo a la esposa. Amén.
¡Sí!

Mensaje de la Virgen, del 19 de agosto de 2007

Virgen:
¡Marga! Hija mía, quisiera en ti una sintonía absoluta de corazones. Que estuvieras muy íntimamente unida a Mí, de tal forma que todo lo Mío fuera tuyo. Que tú fueras Yo para la gente. Que te olvidaras de lo que tú tienes que dar.
Es sólo en la Cruz donde vas a alcanzar gloria. Por tanto, bendíceme por cada cruz que Yo te doy, agradéceme las cruces de tu vida. Míralas como un don de Amor de Dios a ti. Si no tuvieras ese don, si cada día no sintieras la punzada de esa cruz, dime, hija mía, ¿en qué serías semejante a Mí? Soy «La que siempre tuvo en su Corazón la Cruz» durante todos los días de su vida en la tierra. Para gozar de esta Gloria en el cielo.
Piensa que esto es pasajero, que pronto vendrás conmigo para verme cara a cara, tal cual Soy. No velada y en la fe. Cara a cara, tal cual Soy.

Mensaje de la Virgen, del 16 de mayo de 2006

Virgen:
Aprobad Garabandal y que en España se dé a conocer Medjugorje. Estáis frenando todas las manifestaciones extraordinarias de mi Hijo, pero mi Hijo se abrirá camino. No quiero que se condene más gente ni que seáis responsables de su condenación por frenar mis manifestaciones extraordinarias ahora que hacen más falta.
No quiero todo el sufrimiento que se os avecina. Por favor, acogeos a mi Corazón. Éste se os brinda una vez más. Acogeos a mi Corazón para no tener que sufrir tanto. Que mi pueblo conozca que la Madre os ama, os ama, os ama...

sábado, 6 de septiembre de 2014

La corrección fraterna

La Caridad, la más excelsa de las virtudes teologales, sin la cual todo lo demás resulta inútil, es el gran tema del Domingo XXIII durante el año. La primera Caridad es hacia Dios. Y estrechamente unida a ella está caridad hacia nuestros hermanos, principalmente buscar su bien espiritual.


Las lecturas de este domingo son las siguientes:

Ez 33, 7-9. Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.
Sal 94. Ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis vuestro corazón".
Rm 13, 8-10. Amar es cumplir la ley entera.
Mt 18, 15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Yahvé pide al profeta Ezequiel (ver Primera Lectura) que sea como un centinela de la Casa de Israel: que se mantenga vigilante para conocer a sus hermanos y, cuando advierta —ya sea porque Dios se lo comunica o porque él se da cuenta— que algo no está bien, sea valiente para hablar con quien ha obrado mal, de modo que se convierta y viva.

En el Salmo, el Señor nos pide que no endurezcamos nuestro corazón, es decir, que no estemos tan seguros de nosotros mismos, sino que nos abramos a la verdad y estemos dispuestos a escuchar a nuestros hermanos, especialmente cuando nos indican algo que debemos cambiar en nuestra conducta.

San Pablo (ver la Segunda Lectura) nos recuerda que el amor es la plenitud de la ley. Todos los mandamientos se compendian en este: amarás a Dios con todo tu corazón, y al prójimo como a ti mismo.

El amor al prójimo se manifiesta en la preocupación que tenemos por aliviar las carencias y sufrimientos de nuestros hermanos, desde el punto de vista material. En este sentido, se pueden mencionar las obras de misericordia corporales, indispensables para entrar en el Reino de los Cielos (cfr. Mt 25): 1) visitar y cuidar a los enfermos, 2) dar de comer al hambriento, 3) dar de beber al sediento, 4) dar posada al peregrino, 5) vestir al desnudo, 6) redimir al cautivo, y 7) enterrar a los muertos.

Pero, también se manifiesta el amor al prójimo, y con un rango superior (porque se trata de ayudar en lo espiritual), en las obras de misericordia espirituales: 1) enseñar al que no sabe, 2) dar bueno consejo al que lo necesita, 3) corregir al que yerra, 4) perdonar las injurias, 5) consolar al triste, 6) sufrir con paciencia los defectos de los demás, y 7) rogar a Dios por vivos y difuntos (cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Apéndice).

En las lecturas de este domingo, de modo especial se resalta la importancia de corregir al que yerra. Es la corrección fraterna, que no busca más que el bien del otro. No se hace por venganza o por un afán de justicia rigorista. Lo que realmente importa es advertir a un hermano de una falta objetiva, para que procure evitarla en lo sucesivo.

La corrección fraterna, cuando sea necesaria hacerla, siempre se hace “in spiritu lenitatis”, con espíritu de suavidad, es decir, de modo amable y positivo. Se trata de ponerse junto a ese hermano nuestro para acompañarlo en su camino hacia la santidad, ayudándolo a descubrir cómo puede avanzar más rápidamente.

Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt 8, 15: ver Evangelio). La corrección fraterna se practica no solo cuando alguien nos ofende. También la podemos hacer cuando vemos que alguien cercano a nosotros, con quien tenemos confianza, sigue un camino equivocado en algún punto importante de la vida cristiana. Puede ser algo pequeño; incluso puede tratarse de una falta de virtud en aspectos humanos, de carácter, que son un obstáculo para alcanzar la perfección que Dios nos pide.

Por otra parte, también el Señor aconseja no juzgar a los demás, porque “qui iudicat, Dominus est”, quien juzga es el Señor.

¿Cómo compaginar estas dos cosas? “No juzgar” no significa que no nos fijemos en los demás, ni que suspendamos cualquier juicio acerca de sus acciones. Es natural y humano que formulemos juicios acerca de todo lo que ocurre a nuestro alrededor.  Eso sí, juicios ponderados, hechos con sabiduría y prudencia; y también con humildad, porque ordinariamente no conocemos todos los datos. En estos juicios hay que tratar de ser lo más objetivos posibles.   

Lo que no está bien es juzgar de las intenciones de las personas o de su bondad o maldad. Sólo Dios conoce el interior de las conciencias.

Por lo tanto, podemos emitir un juicio acerca de la conducta de los demás. La mayor parte de las veces ni siquiera juzgaremos esto, porque lo que hacen o dicen los demás son cosas normales. En cambio, a veces hay cosas que nos llaman la atención: positiva o negativamente.

Un modo de ser, un hábito repetido en el modo de hablar, de reaccionar, de comportarse... A veces, esto puede formar parte del carácter de una persona. A veces, será simplemente una de las muchas maneras de ser (hay que estar abiertos, en esto, a las diferentes culturas, y estilos). Otras veces será algo que, objetivamente, se separe de la conducta cristiana, o sea una clara deficiencia de tipo humano. Entonces, aquello puede ser motivo de corrección fraterna.

Al hacer una corrección fraterna, no juzgamos la interioridad de las personas. La hacemos delante de Dios y con gran delicadeza. Es recomendable ser breves y concretos. Sobre todo, es importante hacer oración por la persona a quien hemos ayudado a mejorar en algo.

Para practicar la corrección fraterna es necesaria madurez y libertad interior; y también fortaleza.

Don Álvaro del Portillo (1914-1994) —primer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei—, que será beatificado en Madrid el próximo 27 de septiembre, decía, que la corrección fraterna es “el oro purísimo de la sana convivencia cristiana”.

En cualquier lugar donde los hermanos se ayudan a ser mejores, mediante la corrección fraterna, se respira una vida cristiana llena de salud y vitalidad.

Reproducimos, a continuación, dos mensaje a Marga (uno de la Virgen y otro de Jesús) sobre la necesidad de ayudar a los demás (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el TomoAzul).

Mensaje de la Virgen, del 12 de marzo de 2004

Jesús:
Arrodíllate ante la Majestad de Dios. Glorifícalo. Alabad a Dios. Salmodiad para Él. Venerad a su Madre Santísima.
Sí, miraos a vosotros mismos como depositarios de un inmenso don para repartir a los demás. Miraos como cauce de mis Gracias para el mundo, para España.
¡Oh, acordaos de Mí! ¡Acordaos de Mí! Hija, se acordarán de Mí. Impúlsales con tus oraciones y sacrificios a hacer la verdadera oración, la que lleva al cambio de vida. Empújales, con tus sacrificios a que hagan la verdadera confesión, la que brota del corazón.
Anima a mis ministros a que vayan a confesarlos. Anímalos a que vayan a bendecirlos, a alentarlos. En su último aliento, que estén presentes. Reza, hija mía, para que haya un sacerdote allí donde cada persona tenga su último aliento. Que no les abandonen. ¡Que no abandonen a mis hijos! Que vayan, que vayan a la cabecera de su cama para ayudarles a morir. Les necesitan. Mira, han ido muchos a dar su sangre... ¿Cuántos han ido a ayudarles a morir? ¿Cuántos a enfocar este sufrimiento según Dios?
¿Tenemos que ir?
Sí. Id en la medida de vuestras posibilidades.
La gente, si encontrara un hermano que le tendiera la mano, se volvería a Dios. ¡Id! ¡id!
Reza y ofrécete. Reza y ofrécete, hija mía, para ayudar a bien morir a tus hermanos. Otro tanto de almas, por ti, por los tuyos, verán a Dios.
Hija mía, ¿vienes? Deposita tu beso, junto con el mío, en la cabecera de su cama.
He aquí el principal amor: el que da su vida por sus hermanos. He aquí misión grandiosa, misión gozosa.
He aquí sublime pacto: hacerse, por amor, un Cristo. Hacerse uno con Cristo, con su Eucaristía.
He aquí la principal caridad: rezar y sacrificarse por los pecadores. Para que puedan ver el Rostro de Cristo. Para que la Virgen Santísima pueda llevarles en volandas al Reino Nuevo.
Si el alma no está preparada, no envío a mi Virgen. He aquí la muerte gozosa: al terminar la agonía, encontrarse con María. Y que Ella te libre del Infierno, que se abría a tus pies. ¿Desearías, hija mía, que eso te pasara a ti? Deséalo también para tus hermanos. Reza, ora y sacrifícate para que María Santísima pueda venir a ellos y paliar sus sufrimientos. Reza, ora y sacrifícate para que descienda el número de los condenados.
Sí, te necesito.

Mensaje de Jesús, del 13 de marzo de 2004

Jesús:
Sí, hija mía, id donde vuestros hermanos os necesiten.
Ayer escuchabas una parte de la cuestión, conoce ahora el resto: Sabes que vuestros hermanos se reconocen por no pensar más que en sí mismos. No sed así vosotros: el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor.
¡Oh, hija mía! ¡¿Qué les ha hecho el Corazón de Jesús?!
Mirad, muchos me odian hoy día. Ayer escuchaba voces que clamaban a Mí. Hoy escucho terror. Atruenan mis oídos la voz de sus odios. De sus odios hacia Mí. Sus odios a Dios.
¿Dónde están esos samaritanos que les iban a ayudar a entender el sufrimiento? ¿Dónde están? ¿Dónde están?
Dónde estáis, oh cristianos, que os refugiáis en casa temiendo vuestros temores. ¡Salid a la calle y dad testimonio de Mí!
¿Sabes, hija? No me conocen, por eso me odian. ¡Oh, Dios mío!... y muchos no volverán a Mí.
No te derrumbes, hija, te necesito. Os necesito a todos. Necesitaría un ejército que diera testimonio de Mí. Sin mentir. Sin aspavientos. Con Amor y con Dolor. Con-su-friendo con ellos. Compadeciendo en su sufrimiento.
Llegará Semana Santa... ¡qué buen momento para unirse con su Cristo! Hermosa Cuaresma si se ha sufrido Conmigo.
¡Invitadles a Resucitar Conmigo! No saben qué hacer. No sabéis qué hacer, hijos míos. Están confundidos. No encuentran respuesta. ¡Vosotros la tenéis! ¡¡Dádsela!!
Jamás nadie confió en el Señor y quedó defraudado. ¡Oh! ¡qué momentos más duros, Jesús mío!
Sí lo son. Y más que os están por venir. Cuando a todos os cubra el mar del dolor. Y llegará por los tobillos, por la rodilla, hasta por el cuello y hasta, algunos, ahogarse en él.
No seáis esos vosotros. ¡Venid Conmigo! Encontradle un sentido a todo esto.
Habrá muchas aves de rapiña que se aprovecharán de sus hermanos en estos momentos de debilidad. Aprovechaos vosotros, pero para llevar la gente a Dios. Aprovechad para no ser esos buitres, sino esos Ángeles que les pondrán en contacto conmigo.
«Yo no sé rezar», os decía ese niño ayer. ¡Enseñadle! ¡Enseñadle!
Pretenderán buscar en el sentimentalismo la solución. ¡No está ahí! ¡No está ahí!
¡Oh!, al pueblo español, ¡no se os engaña! ¡No se os engaña! Sabéis que el bien está en los valores nobles, altos. Os viene de raza. Lo que ocurre es que lo habéis olvidado. ¡Recordádselo! ¡Recordádselo!
Poned lo mejor de vosotros mismos. Yo pondré es resto. ¡Enseñad al pueblo, a vuestro pueblo, los valores morales auténticos! ¡Gritad bien alto la Única y Verdadera Devoción! ¡Conducid a la gente a la Eucaristía! ¡Propagad mi Devoción! Moved a las gentes, a la familia entera, a rezar un Rosario por la paz.
Sí, lo quiero. ¡Propagad mi Devoción!
Habladles, hijos, -lo han olvidado- de la Verdadera Devoción para los siglos. Habladles de la Eucaristía y de María. Salid a dar al mundo razón de vuestra esperanza.

sábado, 30 de agosto de 2014

La Lógica de la Cruz

Las Lecturas de la Liturgia de la Palabra, en el Domingo XXII del tiempo ordinario (Ciclo A), nos presentan la diferencia que existe entre razonar de un modo puramente humano, o razonar con la Lógica de Dios, que es la Lógica de la Cruz.

 

Jr 20, 7-9. La palabra del Señor se volvió oprobio para mí.
Sal 62. Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío.
Rm 12, 1-2. Ofreceos vosotros mismos como hostia viva.
Mt 16, 21-27. El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo.

En la Primera Lectura, Jeremías explica brevemente y con símbolos las dos fuerzas que influyen en su vida. Por una parte están los hechos y acontecimientos que le inclinan a pensar que ser profeta le ha acarreado solo males. Ha tenido que sufrir mucho por mantenerse fiel a la Palabra de Dios y anunciar a los hombres sus designios. Por otra parte está ese “fuego ardiente”, prendido en sus huesos que, aunque trataba de ahogar, no podía. ¿Qué es ese “fuego ardiente” sino la misma Palabra de Dios que es Verdad y Fuerza, al mismo tiempo; que tiene un contenido noético y dinámico de tal magnitud, que es imposible resistirse a Ella.

En la experiencia de Jeremías nos vemos reflejados todos los hombres. San Pablo lo expresa muy bien cuando dice que hay como dos fuerzas que luchan dentro de él: “veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7, 23).

En la Segunda Lectura, San Pablo nos aconseja: “Y no os amoldéis a este mundo, sino por el contrario transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto”.

Se puede razonar con una lógica humana o con la Lógica de Dios. Si vivimos una vida contemplativa, de oración y presencia de Dios habitual, poco a poco se nos irá haciendo más “natural” pensar como “piensa” Dios; querer lo que quiere Dios; dar un enfoque sobrenatural y verdadero (en el más profundo sentido de la palabra) a todo lo que nos sucede. No razonaremos “como los hombres” sino “como Dios” (ver Evangelio).

Efectivamente, la Iglesia nos presenta hoy el ejemplo de Pedro, a quien Jesús reprocha por su falta de sentido sobrenatural. Lleva ya casi tres años con Jesús y todavía no comprende las cosas como Dios las ve, como son en realidad. Todavía está un poco ciego, porque aún no ha asimilado el Misterio de la Cruz. Por eso Jesús anuncia a sus discípulos su Pasión y Muerte, y les dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25).

Dios pone en nuestra alma un fuerte deseo de trascendencia. Es el “deseo de Dios” que reside en todo hombre. Lo expresa muy bien el Salmo 62, de David: “Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua”.

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27).

Es el mismo “deseo” en forma de fuego que quema por dentro a Jeremías y que le hace buscar la Palabra de Dios para darla a conocer a sus hermanos.

¿Cómo podemos encender dentro de nosotros el “deseo de Dios”? Basta que lo queramos, sinceramente y con seriedad. En una ocasión una hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó que necesitaba para ser santa. Y Doctor Angélico le respondió, según iba caminando y sin detenerse: “Querer”.

Y podemos recordar aquí el punto 316 de Camino: “Me dices que sí, que quieres. –Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? –¿No? –Entonces no quieres”.

La conclusión es que, si queremos razonar con la Lógica de Dios, tenemos que fomentar el “deseo de Dios” en nuestro corazón. ¿Cómo? Deseándole en la oración, en los Sacramentos (especialmente en la Eucaristía), y durante el día, en todo momento: cuando trabajamos y descansamos; cuando reímos o sufrimos; cuando buscamos encontrar el rostro de Cristo en nuestros hermanos, particularmente en los más pobres y necesitados…

Reproducimos, a continuación, dos mensaje de la Virgen a Marga sobre la necesidad de abrazar la Cruz (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul).

Mensaje del 24 de mayo de 1999 (fragmento)

Virgen:

“¡Escuchad a vuestra Madre!, preparaos, morid a vosotros mismos. ¡Estáis tan llenos de vosotros! ¡Llenaos de Dios!
Queréis gozar y deberíais querer sólo sufrir, pues la hora se acerca y muchos no podréis resistir, debido a vuestra regalada vida anterior, de la cual no os enmendasteis. Enmendaos. Aceptad mi Cruz y tomad la de Cristo. Queréis cargar con la de Cristo y cuando llega el momento, la arrojáis al suelo, rechazándola de vosotros.
Quien pretenda salvarse solo, se condenará. Dad la vida por los pecadores y os salvaréis.
En la Mesa del Sacrificio no hay víctimas y las pocas que hay, vuelven a salirse por su propio pié en el momento de la verdad.
Vosotros sois vuestro peor enemigo. Morid, morid a vosotros mismos.
¿Habéis preguntado por los gustos de Dios? Escuchad, escuchadle, habla en el silencio. Haced silencio. ¡Tanto ruido en vuestras almas! Escuchad..., escuchad...

Mensaje del 19 de agosto de 2007 (completo)

Virgen:

¡Marga! Hija mía, quisiera en ti una sintonía absoluta de corazones. Que estuvieras muy íntimamente unida a Mí, de tal forma que todo lo Mío fuera tuyo. Que tú fueras Yo para la gente. Que te olvidaras de lo que tú tienes que dar.
Es sólo en la Cruz donde vas a alcanzar gloria. Por tanto, bendíceme por cada cruz que Yo te doy, agradéceme las cruces de tu vida. Míralas como un don de Amor de Dios a ti. Si no tuvieras ese don, si cada día no sintieras la punzada de esa cruz, dime, hija mía, ¿en qué serías semejante a Mí? Soy «La que siempre tuvo en su Corazón la Cruz» durante todos los días de su vida en la tierra. Para gozar de esta Gloria en el cielo.
Piensa que esto es pasajero, que pronto vendrás conmigo para verme cara a cara, tal cual Soy. No velada y en la fe. Cara a cara, tal cual Soy.




sábado, 23 de agosto de 2014

Las Llaves del Reino

En el Evangelio del Domingo XXI durante el año, meditamos la escena que ocurre en Cesarea de Filipo. Jesucristo se encuentra, con sus apóstoles, al norte de Israel, cerca de las fuentes del Jordán y del monte Carmelo. El Señor escoge ese lugar para realizar un acto importante de la fundación de su Iglesia. Confiere a Pedro, y a los demás pastores que vendrán detrás de él, las Llaves del Reino.  


Las Lecturas son las siguientes:

·        Is 22, 19-23. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David.
·        Sal 137. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
·        Rm 11, 33-36. Él es origen, guía y meta del universo.
·        Mt 16, 13-20. Tú eres Pedro y te daré las llaves del reino de los cielos.

Yahvé manda al profeta Isaías presentarse ante Sebná, mayordomo del palacio del rey, para darle una lección, pues ponía su corazón en labrarse en lo alto una tumba y tallar en la peña su morada. De esta manera pretendía exaltar su autoridad, sin darse cuenta de que sólo era un siervo de Dios. Por eso le dice: “Te empujaré de tu peana y de tu pedestal te apearé” (Is 22, 19).

La lección es clara: toda la autoridad viene de Dios. Quien tiene alguna función de gobierno, en esta tierra, debe buscar, ante todo, ser humilde y sencillo. “Los reyes de la tierra cantan los caminos de Yahvé. ¡Qué grande es la gloria de Yahvé! (…), ve al humilde y al soberbio lo conoce desde lejos” (ver Salmo).

Dios dirige la historia y quiere que algunas personas participen de su autoridad. Por eso, concede “el poder de las llaves” (ver Evangelio). Este poder no es un lugar de encumbramiento personal. Se trata de un servicio (ver Primera Lectura).

El 26 de mayo de 2010, Benedicto XVI hacía una reflexión sobre el “Munus regendi”, es decir, sobre la misión del sacerdote de gobernar, de guiar, con la autoridad de Cristo, no con la propia, la porción del Pueblo que Dios le ha confiado. ¿Qué es para nosotros la autoridad?, se preguntaba el Papa.

La autoridad —decía—, “cuando se ejercita sin una referencia a lo Trascendente, si prescinde de la Autoridad suprema, que es Dios, acaba inevitablemente volviéndose contra el hombre. Es importante entonces reconocer que la autoridad humana nunca es un fin, sino siempre y sólo un medio y que, necesariamente y en toda época, el fin es siempre la persona, creada por Dios con su propia dignidad intangible y llamada a relacionarse con su propio Creador, en el camino terreno de la existencia y en la vida eterna; es una autoridad ejercitada en la responsabilidad ante Dios, el Creador. Una autoridad entendida así, que tiene como único objetivo servir al verdadero bien de la persona y ser transparencia del único Sumo Bien que es Dios, no sólo no es extraña a los hombres, sino, al contrario, es una preciosa ayuda en el camino hacia la plena realización en Cristo, hacia la salvación”.

En la Iglesia, Cristo apaciente a su grey a través de los Pastores: “es Él —continuaba el Papa— quien la guía, la protege, la corrige, porque la ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus más preciosos colaboradores, participaran en esta misión suya de cuidar del Pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o, como dice el Concilio, “cuidando, sobre todo, de que cada uno de los fieles sea guiado en el Espíritu Santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y de obras y a ejercitar esa libertad con la que Cristo nos ha liberado (Presbyterorum Ordinis, 6)”.   

Quien ejerce la autoridad, especialmente en la Iglesia, ha de estar unido a Jesucristo, Pastor Supremo de las almas: “en la base del ministerio pastoral está siempre el encuentro personal y constante con el Señor, el conocimiento profundo de Él, el conformar la propia voluntad a la voluntad de Cristo”.

Benedicto XVI, en aquella catequesis del 26 de mayo de 2010, explicaba que hay que entender bien la palabra “jerarquía”: “En la opinión pública prevalece, en esta realidad “jerarquía”, el elemento de subordinación y el elemento jurídico: por eso a muchos la idea de jerarquía les parece en contraste con la flexibilidad y la vitalidad del sentido pastoral y también contraria a la humildad del Evangelio. Pero éste es un sentido mal entendido de la jerarquía, históricamente también causado por abusos de autoridad y de hacer carrera, que son precisamente abusos y no derivan del ser mismo de la realidad “jerarquía”. La opinión común es que “jerarquía” es siempre algo ligado al dominio y así no correspondiente al verdadero sentido de la Iglesia, de la unidad en el amor de Cristo. Pero, como he dicho, ésta es una interpretación errónea, que tiene su origen en abusos de la historia, pero no responde al verdadero significado de lo que es la jerarquía”.

La palabra “jerarquía” ha de traducirse por “sagrado origen”, “es decir: esta autoridad —dice el Papa— no viene del hombre mismo, sino que tiene su origen en lo sagrado, en el Sacramento; somete por tanto la persona a la vocación, al misterio de Cristo, hace del individuo un servidor de Cristo y sólo en cuanto siervo de Cristo éste puede gobernar, guiar por Cristo y con Cristo”.

Los pastores, en la Iglesia, están ligados con un triple lazo: 1) a Cristo, 2) a los demás pastores de la Iglesia (comunión jerárquica), 3) a los fieles. El Papa también lo está, dice Benedicto XVI: “Tampoco el Papa —punto de referencia de todos los demás Pastores y de la comunión de la Iglesia— puede hacer lo que quiera; al contrario, el Papa es custodio de la obediencia a Cristo, a su palabra resumida en la regula fidei, en el Credo de la Iglesia, y debe preceder en la obediencia a Cristo y a su Iglesia”.

Por lo tanto, las llaves del Reino, concedidas por Cristo a Pedro (ver Evangelio) y a los demás pastores de la Iglesia, han de utilizarse bien. “Sin una visión claramente y explícitamente sobrenatural —afirma Benedicto XVI—, no es comprensible la tarea de gobernar propia de los sacerdotes. Ésta, en cambio, sostenida por el verdadero amor por la salvación de cada uno de los fieles, es particularmente preciosa y necesaria también en nuestro tiempo”.

Se ejerce esta autoridad —dice el Papa—, “a menudo yendo a contracorriente y recordando que el más grande debe hacerse como el más pequeño, y el que gobierna, como el que sirve (cf Lumen gentium, 27)”.

Sólo en Cristo podrá encontrar el pastor la fuerza para cumplir la misión que se le ha encomendado. “La manera de gobernar de Jesús —aclara Benedicto XVI— no es la del dominio, sino es el humilde y amoroso servicio del Lavatorio de los pies, y la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, sino que encuentra su culmen en el leño de la Cruz, que se convierte en juicio para el mundo y punto de referencia para el ejercicio de una autoridad que sea verdadera expresión de la caridad pastoral”.

Hacia el final de su reflexión, Benedicto XVI concluía con estas palabras: “No hay, de hecho, bien más grande, en esta vida terrena, que conducir a los hombres a Dios, avivar la fe, levantar al hombre de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y del mundo: éste, en definitiva, es el sentido profundo y último de la tarea de gobernar que el Señor nos ha confiado”.

Reproducimos, a continuación, un mensaje de Jesús a Marga sobre los pastores en la Iglesia (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el Tomo Azul). En cursiva y con un guion que las precede indicamos las intervenciones de Marga. Se trata de un mensaje fuerte, pero claro y que vale la pena meditar despacio, para estar vigilantes y rezar mucho por nuestros pastores.

En este sentido son muy oportunas las palabras de la Segunda Lectura: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues ¿quién conoció los designios del Señor? o ¿quién llegó a ser su consejero?, o ¿quién le dio primero algo, para poder recibir a cambio una recompensa? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos. Amén”.

Mensaje del 5 de diciembre de 2005

Jesús:

Hola, Jesús.
Hola. ¿Cómo estás hoy?
Un poco cansada.
¿Aburrida?
Sí, un poco aburrida.
¿Te vienes a dar una vuelta Conmigo?
Sí. ¿A dónde vamos, Señor?
A ver mis campos. Ven.
(Me coge del hombro y vamos paseando mientras me habla)
Esto que ves ahí son las ovejas sin pastor.
¿Qué hacen?
Esperan al pastor. ¿Quieres ser tú el pastor que las pastoree?
Sí, Señor, si Tú lo quieres.
Lo quiero.
Lo quiero.  ¿Y lo de más allá?
Son los niños pobres y harapientos que llaman a la puerta.
¿Qué puerta?
La de los corazones misericordiosos. ¿Quieres ser tú un corazón que se apiade de ellos y les de qué comer y qué vestir?
—  Sí, Jesús, si Tú lo quieres.
Lo quiero.
— Lo quiero yo también.
Ahora piénsatelo, niña, pues no es fácil lo que te encargo y requiere mucha fortaleza y mucha confianza.
— Quiero verlo, Jesús, Amor mío.
Aquí está.
— ¿Y qué he de hacer?
Ve a decirles lo que deben hacer.
¿Y qué deben hacer?
Orar con el pueblo ante la Eucaristía y con María. Orar con el pueblo. Dar ejemplo. Dar ejemplo. No tantas reuniones, no tantos programas: orar, orar, orar.
—  Vale, Jesús. Son los Obispos de España.
Sí, niña mía.
—  Me dirán que eso ya lo hacen.
Te dirán. Pero no es verdad. Que lo hagan. Que lo hagan.
Quiero que la Curia se vuelva a Mí para que el Pueblo se vuelva a Mí. Hay preocupaciones entre ellos que no son de Dios. Se preocupan por el gobierno, y razón no les falta, pero mira que el principal peligro para vuestra Patria son ellos y cada uno de vosotros, cristianos, si no estáis unidos a Mí. ¿Por qué? Porque ante el Temporal que se os avecina sobre la Iglesia, no veréis claro. Cada uno tomará un lado sin saber dónde ir. Y si estuvierais unidos a Mí, veríais clarísimo, con la claridad de Dios.
Escucha pues. Aveza tu oído a mi Voz. Es importante esto que voy a decirte.
«Se alzará pueblo contra pueblo, nación contra nación». Dentro de vuestra misma casa, guerra entre hermanos por defender a mi Nombre. Dentro de la Iglesia división de opiniones en lo esencial. División en dos partes. Los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella. Dentro de mi Casa un Cisma de división abierto y claro, desde donde hará falta establecer posiciones abiertas y claras. No habrá medianías. O Conmigo o contra Mí.
— ¿Cisma?
Sí. Y los que no estén atentos, por miedo o cobardía inclinará su balanza hacia el otro lado, el lado contrario.
— ¿Qué lío es éste?
Éste es el lío que está para sucederos: dentro de mi Casa división contraria abierta de opiniones, en la que cada uno deberá tomar su posición. Con todas sus consecuencias. Los Obispos se hallan ahora discutiendo cómo hacerlo. Y hallarán la fórmula. Y os la propondrán a los fieles. ¡Tienes que ir en medio de ellos y decirles que eso no lo quiero Yo! ¡No es Voluntad de Dios!
Mis ovejas se dividen entre buenas y malas. Viene el Fin de los Tiempos.
Escucha, no te vayas.
— ¿Qué pinto en medio de los Obispos? Se van a reír de mí.
Que rían los incautos. Que teman los malvados. Que se alegren con Dios los que buscan la salvación.
— ¿Tú piensas que podré hacerlo?
Sí. Por eso te lo encargo.
— Jesús, ésta es la locura más grande que he oído en mi vida.
Esta es la locura más grande que has visto en tu vida.
— Jesús, ¿ellos no saben que viene el Cisma?
No, ellos buscan una modernización. Buscan defender los intereses de Dios ante los ataques, reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Y eso no defenderá nada. Eso os buscará la ruina.
Ante los ataques reales contra vosotros, y para que no se vuelva a repetir la situación de España en el 36, habrá una reforma eclesial NO querida por Mí. Las ovejas se repartirán entre un lado y otro. España sin pastor.
— Eso es imposible, Jesús.
Eso es posible. Te mando que les adviertas lo que están a punto de hacer.
Yo advierto a mis ovejas antes de enviar Castigos. Los que no sean fieles a la Voluntad de Dios perecerán entre terribles dolores de espanto cuando les llegue la hora. Mientras, mi persecución a los santos hará que se llenen de gloria y envíen almas para la gloria en estos tiempos difíciles. Se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios para salvar a mis hijos del pecado, para arrancarlos de las garras del Malo.
Lo que Yo te mando no es nada raro. Comunico lo mismo a mis profetas de uno y otro continente.
— Es verdad, en Medjugorje pude verlo.
¿Y no sabes tú que España silencia sistemáticamente todas mis manifestaciones poderosas entre vosotros? ¿A qué crees que sea debido?
— ¿Porque desde España se pretende lanzar el Anticristo?
Sí. Exacto. Terreno propicio. Han abonado el terreno
— ¡Oh, Jesús mío! ¡Es muy angustioso todo!
Sí. Participa de ésta mi Angustia. Pero si al menos quedase un resto fiel en vuestra Patria... Yo podría volverles a Mí.
— Aquí estamos, Jesús.
¿Renuevas tu Consagración a Mí?
— Renuevo mi Consagración a Ti.

sábado, 16 de agosto de 2014

Dios nos llama a todos los hombres a su amor

Podríamos decir que el tema principal de las Lecturas del Domingo XX durante el año (Ciclo A), que celebraremos mañana, es el la Llamada universal a la salvación. Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4). Dios no hace acepción de personas. A todos los hombres les da el don de la fe, pues “sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11, 6).


Las Lecturas son las siguientes:

Is 56, 1. 6-7. A los extranjeros los traeré a mi monte santo.
Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Rm 11, 13-15. 29-32. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
Mt 15, 21-28. Mujer, qué grande es tu fe.

El Profeta Isaías (Primera Lectura), que vivió en el Reino de Judá, en el siglo VII antes de Cristo, ya menciona como la Casa de Dios, que es un recinto de oración, está abierta a todas las naciones, no solo a los judíos.

Dios desea que todos los pueblos lo alaben y le den gracias (Salmo) porque es Misericordioso con todas las gentes.

Misteriosamente —nos dice San Pablo— la vocación y los dones de Dios son irrevocables. Por eso, aunque los judíos no se hayan convertido al cristianismo, Dios no los deja y, si grande fue su caída, mayor será su elevación, cuando llegue el momento de su conversión, al final de los tiempos (Segunda Lectura).

Es verdad que Jesús había venido a llamar a las ovejas perdidas de  la Casa de Israel, pero su misión era universal. El episodio de la cananea, que muestra una gran fe —al pedir a Jesús la curación de su hija con gran perseverancia—, nos revela cómo Jesús viene a llamar a todos (Evangelio), sin distinción alguna.

Aunque Jesús llama a todos, no todos lo reciben. Mientras estamos aquí en el mundo terrenal, todos somos pecadores y todos podemos ser santos (aún el más grande pecador). No sabemos quiénes serán “hijos de las tinieblas” y quienes “hijos de la luz”. Los esenios del Qumram decían: "Amarás a todos los hijos de la luz y odiarás a todos los hijos de las tinieblas". Jesucristo enseña que hemos de amar a todos. Solo al final se separará el trigo de la cizaña: los “hijos de las tinieblas” y los “hijos de la luz”.

¡Trabajemos mientras tenemos tiempo! ¡Dediquemos todos nuestros esfuerzos a anunciar el Evangelio a todos! ¡Procuremos manifestar con nuestra vida, nuestro ejemplo y nuestras palabras el gran Amor que Dios nos tiene!

Pongamos por intercesora a María, Nuestra Madre, la Mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies...; la Mujer del Apocalipsis; la Capitana del Gran Ejercito que lucha contra el Dragón, nos marca el Camino nos da las armas para luchar contra él, nos alienta en el día de la prueba y nos conduce a Cristo. 

Reproducimos, a continuación, dos mensajes a Marga sobre el Amor de Dios a los hombres: uno de la Virgen y otro de Jesús (ver sitios sobre el Tomo Rojo y el TomoAzul).

Mensaje del 25 de mayo de 1999

Virgen:
¡No ahoguéis el Espíritu! Habrá grandes apóstatas y grandes santos. ¿Entre cuáles queréis estar?

Recibid al Espíritu. Que desaparezca vuestro hombre viejo. Morid a vosotros mismos. Yo ahora os preparo a morir a vosotros mismos, ¿no os dais cuenta?

¡Quered todo lo que quiera Dios! Lo de Dios no son caprichos, lo vuestro sí. Lo de Dios es Amor Infinito a sus criaturas y dádivas amorosas para que vayan a El, asciendan a su perfección.

¡Qué poco conocéis el Amor de Dios, el Don de Dios! ¡A pesar de llamaros «los suyos»! Y si los suyos no le reconocen, ¿quién te reconocerá, oh, Dios mío?

¡Todavía no envíes tu Ira! Déjame prepararlos otro poco más. Oh, Dios, detén tu Mano contra tu perversa humanidad, que reniega y aborrece tu Nombre Santo. Déjame que Yo te prepare un Resto puro y abnegado, un Resto pulido en el crisol del sacrificio. Tu Resto fiel.

¡Escuchad a vuestra Madre!, preparaos, morid a vosotros mismos. ¡Estáis tan llenos de vosotros! ¡Llenaos de Dios!

Queréis gozar y deberíais querer sólo sufrir, pues la hora se acerca y muchos no podréis resistir, debido a vuestra regalada vida anterior, de la cual no os enmendasteis. Enmendaos. Aceptad mi Cruz y tomad la de Cristo. Queréis cargar con la de Cristo y cuando llega el momento, la arrojáis al suelo, rechazándola de vosotros.

Quien pretenda salvarse solo, se condenará. Dad la vida por los pecadores y os salvaréis.

En la Mesa del Sacrificio no hay víctimas y las pocas que hay, vuelven a salirse por su propio pié en el momento de la verdad.

Vosotros sois vuestro peor enemigo. Morid, morid a vosotros mismos.

¿Habéis preguntado por los gustos de Dios? Escuchad, escuchadle, habla en el silencio. Haced silencio. ¡Tanto ruido en vuestras almas! Escuchad..., escuchad...

Mensaje del 9 de abril de 2001

Jesús:
Vosotros juzgáis el Amor de Dios muy ínfimo, creéis que es puramente humano, asemejáis el Amor de Dios al de un hombre, y no es así. El Amor de Dios excede a todo conocimiento, va más allá de lo que puede imaginar la mente de un hombre. El Amor de Dios no devuelve con la misma moneda al hombre. El Amor de Dios es Poderoso, excede a vuestra imaginación. Imaginad el más puro y poderoso amor de mundo, y no tiene parangón, no se puede comparar. Con vuestras mentes no lográis alcanzarlo, es necesario que os dejéis manejar por mi Espíritu. Aprended, como María, a ser dóciles a mi Espíritu, así podréis dar todo lo que Yo os pido, todo lo que se os requiere. Así podréis responder al Amor de Dios, que excede todo conocimiento, toda creación.

Yo escribí una vez cartas de amor a mi novia, mi crea-tura. La novia las rompió y las arrojó al fuego. 

¿Puedo así comunicarme con alguien que no quiere oírme? Válgame Dios, que aunque fuera el más elocuente de los enamorados, a la novia que ha cerrado su oído, no puedo comunicarle nada, no puedo decirle nada.

¿Por qué no me escucháis? Creaturas ingratas que os preguntáis todavía: «¿qué debemos hacer?, ¿a dónde debemos ir?» Yo ya os lo he dicho. Actuad en consecuencia.